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Preguntas sin repuestas y Resurrección

Las incertidumbres que nos acompañan durante nuestras vidas acucian al meditar sobre la Pasión del Señor. La incomprensión ante el silencio de Dios, la injusticia, el dolor, la soledad y la muerte se convierten en hechos reales en los padecimientos de Jesús en su oración del Huerto de los Olivos, en su condena, en sus insufribles padecimientos, en su completo abandono, en su muerte.
De la misma manera que Pilatos, preguntamos:"¿Qué es la Verdad? Y respondemos que la Verdad es Cristo y que Él respondió al silencio del Padre con la confiada aceptación de su Voluntad; a su condena con perdón; al dolor con Amor; a la soledad con su entrega absoluta a los demás; a la muerte con Esperanza.
Y por ello, hoy, que celebramos la Pascua de Resurrección, sabemos que las preguntas sin respuestas se convierten en afirmaciones rotundas cada vez que descubrimos la Verdad en el Resucitado, en la convicción profunda de que Jesús de Nazaret vive y nos ha redimido de todas nuestras incertidumbres.
Juan Pablo Navarro Rivas

La Carta que me enviaron los Reyes Magos (II)


Ya ha pasado un año desde que te regalamos nuestra primera carta. Otra vez venimos a recordarte que tu vida es un regalo que sólo necesita que tú lo abras y acojas. Hoy es la Epifanía de los Reyes Magos.¿Sabes que significa Epifanía? Epifanía es un término griego que significa manifestación y, por ello, cada 6 de enero celebramos que Jesús se reveló como luz de las naciones. Es decir, Jesús es el regalo que se ofrece a ti y a todos, es Dios que se nos da.
Pero, como cualquier regalo, puede quedarse envuelto en el papel que nunca abrimos, escondido en la estantería de la que, con suerte, alguna vez lo sacamos; o, mejor, puede ser el alegre don que siempre nos acompaña.
Por ello, porque te amamos desde siempre, desde incluso antes de que nacieses, nada nos complace más que manifestarte nuestro amor y, por ello, insistirte en los dones que se te han dado para que siempre te acompañen y den luz a una vida alegre y eterna: la Palabra, la oración continua, la Eucaristía y la Reconciliación. Y todo ello, para que, descubriendo al Otro en tu corazón, cada hombre próximo a ti lo consideres tu prójimo.
Cuando se es pequeño, la mente es tan sana y abierta, que cualquier cosa se transforma en algo más profundo y, a su vez, lleno de posibilidades: una caja en las manos de un niño puede ser un coche, una casa, todo un reino.
Pero, poco a poco, el mundo te mete en su redil y se pierde la inocencia que deja ver la luz que se nos manifiesta en todo. Por eso, adora a ese Niño al que le regalamos oro, incienso y mira; ese Niño que creció y siguió creyendo en reinos en los cielos y tanto siguió creyendo en ellos que los ciegos los veían, los sordos escuchaban sus voces, los inválidos andaban por sus calles y, a los que nadie quería, les abrían sus puertas; y de tal modo creyó, que, cuando los que seguían enredados en las cosas tal como las ve el mundo lo acusaban, Él, como única defensa dijo: "mi reino no es de este mundo". Y así, no pudo ser de otra forma, murió coronado y su reino, desde entonces, es eterno. Y ese reino es el que se te manifiesta para que lo veas, lo escuches y andes por sus calles cada día de tu vida vestido en la alegría de su Amor. Simplemente, abre su puerta y acógelo en tu corazón.

Juan Pablo Navarro

Cuaresma: oración, limosna y ayuno

Jesús de la Pasión por Tortelero, 1747

Hoy es Miércoles de Ceniza, tiempo de oración, limosna y ayuno en el que nos preparamos para vivir la Pasión y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Oración que significa silencio para escuchar a Dios, hablarle y amarle.
Limosna que es silencio para escuchar al próximo, hablarle y amarle.
Y ayuno de todo lo que impide nuestro silencio, nuestra escucha y nuestro amor.

Y todo ello, no gracias a nuestro esfuerzo sino a nuestro recibir alegre de la salvación que Cristo ofreció para todos en la cruz como perdón de nuestros pecados.
 
Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es

“Y tú, Señor, ¿hasta cuando…?” grito existencial ante el silencio de Dios – El Salmo 6

El Salmo 6 es uno de los grandes poemas de la Biblia. En sus versos se rezuma agotamiento, tormento, desesperación. Un hombre llorando en su lecho de dolor es la imagen que nos reproduce. La incomprensión por el hombre del silencio de Dios, el desencuentro constante con Él y su necesario descubrimiento definitivo son temas raíces de la Biblia. Los acontecimientos de cada día nos llevan a sufrir por nuestras preguntas sin respuesta, por el estremecimiento de la soledad. Buscamos desesperadamente, esperanzadamente, una luz que nos sostenga.
El Salmo 6 nos muestra a ese hombre exhausto en su enfermedad espiritual. Son versos para ser leídos con un sentimiento apasionado; debemos sentir en su lectura el tormento, gritar la hartura de silencio y llorar de desesperación para alcanzar el sollozo de gozo final.
Señor, no me reprendas por tu enojo
ni me castigues por tu indignación.
El salmo se inicia con esta súplica para que Dios le libre de su enojo; la conocida ira de Dios. Entendiendo que esta ira nunca se refiere a una pasión de Dios dirigida al hombre sino como el fruto doloroso de la ausencia de Dios. Lógica súplica del hombre que ya padece ésta y se revuelve contra ese dolor que con dramáticas palabras exponen los siguientes versos:
Ten piedad de mí, porque me faltan las fuerzas;
sáname, porque mis huesos se estremecen.
Mi alma está atormentada,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo…?
Vuélvete, Señor, rescata mi vida,
sálvame por tu misericordia,
porque en la Muerte nadie se acuerda de ti,
¿y quién podrá alabarte en el Abismo?
Estoy agotado de tanto gemir:
cada noche empapo mi lecho con llanto,
inundo de lágrimas mi cama.
Mis ojos están extenuados por el pesar
y envejecidos a causa de la opresión.
Estos versos escritos hace más de 2.500 años reflejan al hombre de hoy y de siempre, en su sufrido y solitario camino alejado cada vez más de Dios. “Y tú, Señor, ¿hasta cuando…?” refleja nuestro grito existencial ante el silencio de Dios. Y se manifiesta en un dolor que estremece el cuerpo y atormenta el alma, en una muerte donde habita el olvido y Dios no existe. Esa vida lleva al llanto, a quedar postrado en la cama sin avanzar, a la depresión de una vida ciega y vieja.
Su dolor es el del que ya reconoce los síntomas de su mal y quiere sanar. No es un hombre sedado que desconoce que la enfermedad avanza en su interior. Por eso, el salmo concluye con la alegría del salmista. Su oración alcanza la misericordia y ruega a Dios que el mal, el sufrimiento y la muerte retrocedan avergonzados.
Apártense de mí todos los malvados,
porque el Señor ha oído mis sollozos.
El Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi plegaria.
¡Que caiga sobre mis enemigos
la confusión y el terror,
y en un instante retrocedan avergonzados!
Con esa esperanza vivimos; con la esperanza de que nuestra oración que brota desde nuestra alma seca, sorda y ciega, alcance la luz de Dios y ya no tengamos miedo.

Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es
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La Carta que me enviaron los Reyes Magos



Son ya bastantes los años en los que en este día te enviámos regalos. Ahora, hemos pensado que sería bueno escribirte a ti en vez de que nos escribas a nosotros y descubrirte los mejores regalos que ya posees.
Todos los hombres tienen algo que les guía y es preciso acertar con la estrella que alumbra nuestros pasos y, una vez encontrada, no perderla. Así nos pasó a nosotros, fuimos a donde habitaba el mundo, el poder y el dinero y dejamos de verla. Sabrás que sólo por la lectura de la Palabra la volvimos a ver y que esta nos llevó a ese pequeño y débil niño que había nacido en los aledaños de un pequeño y olvidado pueblo, Belén, y que reposando en un pesebre, donde comen los animales, se ofrece como alimento para todos. Y así, nosotros le ofrecimos nuestro oro, nuestro incienso, nuestra mirra, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra existencia, para que nuestras vidas tuvieran sentido.
Así que te animamos a que tu vida sea un encuentro con Jesús, Dios que nos salva. Por ello, déjanos que te recordemos muchos de los regalos que ya tienes.
Primero, el de la Palabra recogida en la Biblia. Léela, a poder ser, diariamente. La Biblia es buena literatura y su profundo sentido no se alcanza de una lectura superficial. Es necesario leerla, releerla y buscar su entendimiento. Ser sabio, es decir, saber desenvolverse en la vida, es lo que puedes alcanzar con ella. ¿Tienes algo mejor?
Segundo, la oración. Los cristianos podemos vivir en oración continua. Eso, entre otras muchas cosas, significa que toda nuestra vida es una oración. Cristo habita en tu corazón y te acompaña, créelo porque es así. Lo percibas o no, Él siempre esta ahí. Así que descubre su presencia en todo momento. Eso significa que nunca estás solo, que vives acompañado: aprende a hablarle y a escucharle. Este diálogo te llevará a superar una de las tenazas que te aprietan en la vida: la soledad. Tu vida será cada día más confiada por mucho que arrecie el temporal y siempre, cuando no puedas andar sobre las aguas y te ahogues, podrás asir la mano del que siempre te acompaña.
Me dirás que la oración te resulta seca. No es ningún secreto que muchos de nuestros retos pasan por la aridez del estudio, de la repetición, de la frustración. Eso puede ser cierto pero ¿no es acaso imagen del desierto de nuestras vidas? Te es necesario andar por ese desierto y sentir sed para que, cuando llegues a ricos manantiales, puedas saciarla. Y, sobre todo, recuerda que oración es comunicación; comunicación contigo y con Él, donde se haya toda respuesta.
Tercero, y este es privilegio de los católicos, tienes el gran regalo de los sacramentos, sobre todo el de la Reconciliación y el de la Eucaristía. No seas insensato y aprovéchalos, nada hay en la vida que te dé más riqueza que éstos. Te lo repito, ni un buen coche, ni un buen trabajo, ni una buena casa, con ser cosas buenas, son comparables al perdón y al alimento de Cristo.
Descubrir qué nos estorba en nuestro camino debe ser una gran alegría, pues conocer lo que nos obstaculiza nos permite buscar los medios para superarlo y, de este modo, el perdón es lo que lo remueve. A su vez, sé siempre pródigo en el perdón. Si rezas atentamente el Padrenuestro descubrirás que de las peticiones que se hacen solo hay una en la que nos igualamos a Dios, el perdón: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Por otro lado, el mayor regalo es la Eucaristía, nuestro alimento. ¿Eres consciente de que es el mismo Cristo el que se te ofrece como en el pesebre? Como en la oración, podrás decirme que no sientes nada, que no te dice nada; pero si es así, como en aquella, hablará más del desierto de tu alma que de la Misa misma, asistir a ella es una suerte que no debes desaprovechar. En ella obtendrás la fuerza que necesitas en este camino que es la vida y, de alguna manera, es ya anticipo de la vida nueva que vivirás tras ésta. La Misa es el rito más profundo e inabarcable y es compendio de la vida cristiana. Además, es acción de gracias y necesitamos dar gracias en todo momento, pues no hay mayor felicidad que la del que se sabe regalado. Y es necesario hacerlo en comunidad, pues Cristo nos lo señaló así; nuestra fe no es de solitarios sino de hermanos que comparten un mismo credo. Por tanto, no les niegues a tus hermanos el amor de tu fe cada domingo y, si lo necesitas, cada día.
Sí, es necesario compartir y, por eso, busca la Palabra en compañía, reza con otros, disfruta de los Sacramentos con los demás, sobre todo con los más próximos, con tu prójimo, y, más que nadie, con quien compartes cada día. Haz con ella, al menos, la oración nocturna y, déjame decirte, que aunque uno de vosotros, o los dos, acabéis abatidos por el sueño, no habrá nada en el día que contribuya más en vuestra convivencia.
La soledad, el dolor y la muerte son los miedos del camino. Cristo se ofrece para superarlos, dándote compañía, revelándote el sentido y resucitándote tras el día postrero. Este Mundo, en cambio, a la soledad le añade angustia, al dolor penuria, a la muerte tragedia. Así que verás que, como cualquier regalo, nada se te pide, todo se te ofrece, sólo hace falta aceptarlo. Y aceptado, descubrirás que, cada día, tú mismo y los otros se harán más el Otro y tu amor será más pleno. Y la vida tendrá sentido y siempre estará colmada de Esperanza.
Y con ello, nos despedimos y te aseguramos que nunca te hemos dado mejor presente que el que conllevan estas palabras. Así que, disfruta de tu regalo y entiende que el cristianismo no es un conjunto de normas ni de ritos ni de creencias en común, aunque, como cualquier cosa de los hombres, las tenga, sino que es la historia de un encuentro personal de uno mismo con Cristo. Ya muchas de tus puertas se las has abierto, sigue abriéndolas una a una para que Él habite en ti, aunque su amor es tan inmenso que sólo la eternidad lo abarcará.


 
Juan Pablo Navarro 
maratania@maratania.es

Sor Adela y la vida contemplativa en el convento de madre de Dios

Madre de Dios niño jesus jeronimo hernandez
Como una de las virtudes divinas es la paciencia, no es de extrañar que haya pasado más de un año desde que iniciamos el proyecto de realizar una guía del convento de Madre de Dios que ayudase a su conservación y que hasta ayer no haya podido acercame a hacer fotografías. ¿Cuánto pasará hasta que lo publiquemos?. Pero bueno, la cosa es que, con mi amigo, el arquitecto Miguel Ángel López, me acerqué allí y disfruté de una de esas mañanas que guardo en mi memoria y hacen grato mi trabajo.
Subimos a la hornacina principal del altar mayor y pude contemplar desde esa altura los esplendidos alfarjes de la capilla mayor. La nave de la iglesia y el coro se extendían ante mis ojos, acompañado por la magistral imagen de la Virgen del Rosario de Jerónimo Hernández. Los ojos del Niño Jesús que sujeta en sus brazos tienen una mirada melancólica que te atrapa y no te suelta.
Bajamos a la nave para retratar el altar mayor y los laterales de excelente talla. Un enorme artesonado cubre la iglesia y alcanza al coro, zona claustral en la que pude entrar. El coro bajo lo separa del alto una colosal cubierta de fuerte vigas de madera. Allí se encuentra un esplendido santo Domingo de mirada arrobada, también de Jerónimo Hernández.
Miguel Ángel se había tenido que marchar, así que continué ese paseo con la abadesa, sor Adela. Tuve la misma impresión de hace un año, un rostro radiante de una mujer enamorada, al que sólo contemplarlo contagiaba la alegría. Era evidente que su pasión no sufría el tiempo, ésta no se marchitaba sino que arrraiga más y más.
La conversación con ella fue intensa. Hablamos sobre la contemplación, sobre la vocación y, sobre todo. de Cristo; me comentó como un día, sorpresivamente, sintió una voz del corazón que cambió todos sus planes y de la que tuvo la certeza de no poder resistir, hablamos de que todas las vocaciones proceden actualmente de África, de que el ruido de nuestra sociedad oculta a Cristo; me narró la historia de Paco, la de un drogadicto donde la esperanza iba ganando al miedo; me afirmó la alegría y el regalo que es Cristo. Gestos, silencios y palabras sonaban en ella a plenos, llenos, alejados de la vacuidad de los que vivimos extramuros.
Nuestra sociedad no comprende la vida contemplativa y, sin embargo, hemos de colegir que sólo cuando contemplamos vivimos, sólo cuando sentimos la mano caliente de nuestro hijo lo acompañamos, solo cuando saboremos comemos, solo cuando miramos al otro lo vemos. Quietos o en movimiento, callados o hablando, solos o en compañía, solo cuando contemplamos, estamos. Por eso, sor Adela ha escogido la mejor parte (Lc 10,38-42) y su vida lo refleja. Por eso, mi cámara, de la nave penumbrosa sacaba luz, pues contemplaba el tiempo exacto que necesitaba su mirada.

Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es

Shahbaz Bhatti y el tiempo del perdón

http://maratania.files.wordpress.com/2011/04/shahbaz-bhatti.jpg“Rezad por mí y por mi vida. Soy un hombre que ha quemado sus barcos, no puedo y no quiero retroceder: voy a luchar contra el extremismo y defenderé a los cristianos hasta la muerte”
Se llamaba Shahbaz Bhatti, una lluvia de tiros lo mataron. Lo mataron unos hombres piadosos. Él lo sabía. Era el ministro para las minorías religiosas de Pakistán y había recibido numerosas amenazas de muerte por su intento de derogar la ley sobre la blasfemia, que condena a muerte a quien insulte el Islam o al profeta Mahoma. Era uno de estos raros políticos que consideran que el poder no es para dominar sino para servir; y eligió servir a los débiles y, entre ellos, a la más débil: una mujer, una madre, una prisionera, católica como él, Asia Bibi, condenada a muerte por esa ley.
Sí, él sabía que lo iban a matar y, el 2 de marzo de 2011, ocurrió. Sí, él lo sabía y, por eso, dejó un mensaje para después de su muerte: “Sólo busco un sitio a los pies de Jesús… me consideraría un privilegiado si (por ayudar a los necesitados, los pobres y los cristianos perseguidos de Pakistán) Jesús quiere aceptar el sacrificio de mi vida.”
Sin duda, Caín era un hombre piadoso, de esos que creen que Dios le debe algo por ello. Pero ya sabéis que, entre Caín y Abel, las cosas no fueron bien. Caín atacó a su hermano Abel y lo mató. Su vida futura sería el exilio; y él, que se había hecho señor de la vida de su hermano, temía por la suya:
“Mi culpa es grave y me abruma. Si hoy me haces extranjero en esta tierra, tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo; el que tropiece conmigo me matará.
El Señor le dijo: El que mate a Caín lo pagará siete veces.
Y el Señor marcó a Caín, para que, si alguien tropezaba con él, no lo matara.”
Caín no busca el perdón, vive en una angustia que le abruma y ve, en los demás, asesinos como él que no respetarán su vida. Sin embargo, Dios no sólo no ejecuta al asesino de Abel sino que, tras mostrarle que sin Él sólo se vive como un ser errante, le brinda su protección. ¡Qué idea de Dios tan sorprendente la que tenía este escritor de hace más de 2.500 años! No es de extrañar que la asociación contra la pena de muerte vinculada al Partido Radical italiano se llame “Nadie Toque a Caín”.
El autor del Génesis imaginó un mundo perfecto en sus inicios, sin violencia, un mundo en el que, incluso, todos eran vegetarianos:
“Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento. Y a todas la fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde”.
Sin embargo, ese mundo idílico se había roto. Entre los descendientes de Caín está un malvado llamado Lamec. Esta es su justicia:
“Yo maté a un hombre por una herida, y a un muchacho por una contusión. Porque Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete”.
Su justicia es una cruel venganza. Aquí resume el Génesis el punto más bajo de la humanidad.
Siglos después, un hombre joven recorrió los campos de Israel proponiendo el perdón como el centro de su doctrina: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces? Jesús le respondió: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18, 21-22). A Él también lo mataron unos hobres piadosos. Sí, Él lo sabía. Y, en su muerte, tal como lo narra Lucas, también estaría el perdón en el centro:
Lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen… Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: ¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino. Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.”
Sí, él ofrecía un perdón gratuito y perdonaba a todos porque no sabían lo que hacían. Cómo no perdonar al que camina a ciegas y derrumba todo lo que con él se tropieza porque sin Luz sólo se puede caminar errante.
Paul Bhatti, el hermano de Shabazz, ha dicho: “No he dudado en perdonar a los asesinos… para un cristiano, es un paso necesario para combatir el odio”.

Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es

¿Qué probó su muerte?

Hoy es Viernes Santo. Tú lo sabes, Cristo ha muerto en la cruz. Su muerte fue la prueba que necesitaron para desenmascararlo. El poder religioso de Israel se alió con el poder político de Roma y lo crucificó. Habían ganado. Dios no había venido en su ayuda para bajarlo de la cruz. Estaba claro, era un falso profeta y ellos tenían razón. La razón del poder que nos domina había triunfado. La muerte lo había probado.

Ese hombre que había predicado un Reino de Dios que habitaba en el corazón de cada hombre, que había ofrecido el perdón y el servicio de unos a otros como los signos visibles de su reinado, había sido derrotado… Pero a los tres días resucitó.

Jesucristo, muerto en la cruz a manos del dominio de los hombres, había cambiado el sentido de la humanidad: el mal, el sufrimiento y la muerte ya no eran la última palabra, causas de vacío y desesperación. El amor, el perdón y la vida eterna eran los tesoros que tendríamos que compartir una humanidad de hermanos.

Para muchos, la muerte sigue siendo la prueba del fracaso. Como Pilatos, creen que la Verdad es inalcanzable y es mejor confortarse con las cosas de aquí; sobre todo la más golosa: dominarnos los unos a los otros.

Para otros, Cristo reina desde entonces y buscan vivir confiados en Él porque ya nos salvó.
Desde entonces, una pregunta nos acucia ¿Creemos en la muerte que dio razón al dominador o en la resurrección que descubrió en el débil al Todopoderoso?

Así concluye el salmo 22:
Todos los confines de la tierra
se acordarán y volverán al Señor;
todas las familias de los pueblos
se postrarán en su presencia.
Porque sólo el Señor es rey
y él gobierna a las naciones.
Todos los que duermen en el sepulcro
se postrarán en su presencia;
todos los que bajaron a la tierra
doblarán la rodilla ante él,
y los que no tienen vida
glorificarán su poder.
Hablarán del Señor a la generación futura,
anunciarán su justicia
a los que nacerán después,
porque esta es la obra del Señor.

Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es
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El tiempo de las bendiciones

Las tentaciones de Gustavo DoréEl cristianismo vive durante 40 días la cuaresma, el tiempo de las bendiciones, el tiempo del perdón que culmina con Cristo en la cruz y con Cristo resucitado. En el camino que propone la cuaresma, ayer domingo, cientos de millones de personas reflexionaron sobre las tentaciones de Cristo (Mt 4, 1-11). Entre estas, aviso para despistados, no aparece ninguna Magdalena desfigurada de un superficial vendedor de best-sellers. No, Mateo nos sorprende con la profundidad con la que la comunidad cristiana, 50 años después de la muerte de Cristo, había reflexionado sobre Él, sobre el Mal, sobre las tentaciones que viviría la Iglesia y sobre cómo la juzgaría el Mundo.
Mateo nos presenta la escena con Cristo en el desierto, hambriento tras 40 días de ayuno. El diablo se acerca a Él y le tienta en tres ocasiones. Básicamente, ¿cuáles son?: la primera es por qué no nos da a todos el alimento necesario para liberarnos del hambre; la segunda, por qué no nos demuestra la existencia de Dios y nos libra de la incertidumbre; la tercera, por qué no domina el mundo e impera sobre él. Muchos se preguntarán cómo Mateo puede considerar que estas sean tentaciones, ¿no es justo dar alimento a todos, probar la existencia de Dios, emplearse del poder para alcanzar un mundo justo? Pues sí, las son y a todas Cristo respondió un claro no. El Mal, cuando quiere embaucar al que busca el bien, siempre se presenta bajo la apariencia de lo mejor, de lo moral, de lo correcto, de lo real y constatable en donde Dios nos parece ilusorio e innecesario; sólo aparece bajo su realidad sucia y burda al que ya es esclavo de su poder.
Repasémoslas. Como decíamos, Cristo está hambriento en el desierto, en el lugar donde todo lo necesitamos, y se acerca el diablo y le dice “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes” y le responde: «está escrito: El hombre no vive solamente de pan,sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Puedo imaginarme una sociedad perfecta, donde se nos procure pan, salud y trabajo para todos, todo lo necesario y lo útil. Pued0 imaginármela fría como el hielo. La propuesta de Cristo es diferente. El no niega el pan necesario, en la multiplicación de los panes veremos como da de comer a la multitud. Los momentos son diferentes, el primero, un sucedáneo de pan olvidados de Dios, el segundo, hombres que buscan a Dios, que oran a Él y que comparten fraternalmente. Es más, Cristo nos regalará otro pan, si en la tentación eran piedras convertidas en panes, en el segundo será pan convertido en Él mismo, en el propio Cristo, el pan que alimenta para siempre de la Eucaristía. Y es en ella, donde encontaremos la fuerza para dar pan al que no lo tiene.
La segunda tentación cambia de escenario, en lo más alto del Templo de Jerusalén. Se nos presenta al diablo como un teólogo conocedor de las Escrituras: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra. Jesús le respondió: También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». La tentación recuerda a la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro que cuenta Lucas en la que aquel, ya muerto, pide a Abraham que alguno de los muertos se presenten a sus hermanos, también ricos, para que se arrepientan y Abraham le responde: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”. Cristo no nos ofreció una realidad más evidente que la que esta posee, no dio más prueba que su propia vida culminada en lo alto del templo del cruz, donde abandonado, fracasado y moribundo volvió a escuchar la misma tentación: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo”, pero de su boca sólo salieron palabras de perdón. Y cuando llegó su hora definitiva, “el sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró”. Sí, la única prueba es seguirle encomendados al Padre y vivir la experiencia de su yugo suave, de su carga ligera, aunque el camino te lleve a la cruz.
En la tercera, en una montaña muy alta, el diablo “le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: Te daré todo esto, si te postras para adorarme. Jesús le respondió: Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto». Es la gran tentación, usar nuestro poder dominador para salvar al mundo, cuántas veces habremos caído en ésta, cuántas veces hemos puesto la fe al servicio del poder y como consecuencia la fe se ha retraído. Y sin embargo, Cristo nos propone el camino inverso, no afirmarnos en nuestro poder sino negarnos, no el dominio sino el el servicio, el poder débil del Dios que se puede falsear, que se puede apresar, que se puede matar, pues sólo tiene la fuerza del amor, la fuerza del perdón en el que el perdonado y el que perdona se reconocen como hijos de Dios y se encuentran.
Cuando los cristianos damos pan sin Dios, erramos, cuando predicamos un dios agradable al mundo y que niega al hombre, idolatramos, cuando usamos el poder dominador para traer el Reino de Dios, es más, cuando ofrecemos el cristianismo como medio para conseguir el paraíso material aquí en la tierra, engañamos. Cristo lo que nos trajo fue a Dios y con su muerte, el Reino de Dios es ya, aquí, ahora, el tiempo de las bendiciones ya está aquí: el reino del que confía y se libera del miedo, el reino de la esperanza contra toda esperanza que nos permite caminar alegres sin tregua, del amor que nos lleva al perdón.
Y así, aunque el Mundo nos derrotara, nos abandonara o nos matara como a Cristo en la Cruz, el Mundo no tendría la última palabra porque entonces Dios daría órdenes a sus ángeles, y ellos nos llevarían en sus manos para que no tropezáramos con ninguna piedra y alcanzáramos la nueva vida porque, en el fracaso de la cruz, Cristo ya triunfó y nos regaló, ya para siempre, la vida eterna y allí conocer a Dios.

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

El Padre Nuestro nos pide tres cosas. La primera es que santifiquemos el nombre del Padre, es decir, que entremos en el ámbito sagrado, que transcendamos de nuestra existencia física para reconocer a Dios.
Lo segundo es que cumplamos su voluntad. Para ello, nos oferta tres cosas: pan, sostenernos en la tentación y librarnos del Malo; y nos pide la tercera, que perdonemos como el perdona. Nos enseña que el perdón es la facultad fundamental del hombre y que al ejercerla nos asemejamos a Dios; perdonamos como Él. En el hombre que perdona veremos, así, el rostro de Dios. Y este perdón no es una simple renuncia a la venganza, es que el perdonado y el que perdona se reconozcan como hijos de Dios y se encuentren.

Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es

Retorno a Brideshead

Evelyn Waugh (Londres, 1903 - Somerset, 1966), de igual modo que otros novelistas ingleses conversos al catolicismo, como C.S Lewis en Crónicas de Narnia o Tolkien en El Señor de los Anillos, encontró en su nueva fe el tema central de sus obras. Éste es el caso, sin duda, de Retorno a Brideshead. Escrito entre 1944 y 1945, durante la convalecencia por un accidente de paracaidismo durante la II Guerra Mundial, busca, tal como manifiesta en el prólogo, cómo influye la gracia divina en un grupo de personajes muy diferentes entre sí. El protagonista es Charles Ryder, un joven agnóstico que conocerá en Oxford a Sebastian Flyte, el pequeño de una aristocrática y católica familia. Sus miembros no son santos de cartón piedra, son hombres débiles y pecadores que encontrarán de una u otra manera a Dios.
Sebastian, uno de los personajes más atractivos de la literatura del siglo XX, es un joven hedonista, "enamorado de su propia infancia" y alcohólico. Abrirá las puertas a Charles de Brideshead , el palacio de la familia. Mantendrá una íntima relación con él en Oxford, sin que quede claro que mantengan relaciones homosexuales. Éstas parecerán más evidentes con un alemán lisiado huido de la legión extranjera al que acogerá en su casa en Marruecos. Sebastian acabará atrapado por su alcoholismo acogido en un monasterio de donde escapará de vez en cuando para beber. Cordelia, la hermana pequeña, en una conversación con Charles, lo retratará como una especie de santo borracho.
Julia, hermana de Sebastian, abandonará la fe para casarse con Rex, un advenedizo obsesionado con el poder y el dinero: "algo absolutamente moderno y al día, que sólo esta época espantosa podría producir. Un trocito muy pequeño de hombre que juega a ser hombre entero". Años después, se unirá a Charles, entonces casado, y convivirá con él en Brideshead planeando divorciarse para poder casarse. Sin embargo, con el regreso de un moribundo Lord Marchmain, los acontecimientos llevarán finalmente a Julia a la conversión: "Siempre he sido mala. Es probable que vuelva a ser mala, y volveré a ser castigada. Pero cuando peor soy, más necesito a Dios. No puedo estar fuera del alcance de su misericordia".
Lord Marchmain, el padre, se convirtió al catolicismo al casarse y lo abandonó al separase. En su lecho de muerte, surge la duda de darle la Extrema Unción; Charles y el médico en contra, Julia y la amante de Lord Marchmain a favor. Finalmente, mientras la recibía, Charles, al ver al sacerdote hacer la señal de la cruz, se arrodilló y rezó: "Oh, Dios, si existe un Dios, perdónale los pecados, si existen los pecados"... lord Marchmain desde su inconciencia moribunda se persigna. Charles afirma: "entonces supe que la señal por la que había orado no era tan insignificante, y me acordé de una frase de la infancia acerca del velo del templo que se rasgaba de par en par."
Charles creyó en Brideshead "estar muy cerca del Paraíso". Será un observador sorprendido de la religiosidad de la familia Flyte desde su agnosticismo. Al final de la novela, rondando los 40 años, durante la Segunda Guerra Mundial, el destino le llevará de nuevo a Brideshead; allí se acercará a la capilla y ante la lámpara "encendida delante del altar", rezará una oración recién aprendida.

El Padre Nuestro y el Ave María

Desconozco los mandatos de la memoria. Sé que el recuerdo de mi madre enseñándome a orar se alberga en ella como uno de los hitos iniciales que dan sentido a mi vida. Así son las madres, te acogen, te alimentan, te enseñan, se entregan. Por ello, no me extraña que María, nuestra madre, con su oración, que es su vida, nos adentre y nos conduzca al Padre que es Nuestro. 

Como muchas veces, caminaba orando, también divagando por mis pensamientos. Me vino esta pregunta: ¿Estarán tan sujetos el Padre Nuestro y el Ave María que podamos buscar significados paralelos a cada uno de sus versos? 

Brevemente, esto discurrí. 

Padre Nuestro que estás en el Cielo 
Dios te salve, María 

El saludo a María nos trae el cielo, aquí, a nuestra vida, a nuestra realidad. Nuestra mirada se eleva y descubre que Dios no está en la lejanía de cielos impenetrables, sino en nuestro corazón que lo gesta en el silencio. Sí, el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros para ganarnos la gracia, un día que no será tiempo, de habitar en cielos eternos en eterna alabanza. 

Santificado sea tu nombre 
Llena eres de gracia 

El plan de Dios se hace plenitud en María. El que Es, el Santo, colma a María de su santidad. La gloria de Dios es el hombre plenamente vivo; y la vida del hombre es la visión de Dios dice San Ireneo. Es la humildad que recibe la gracia la que reconoce a Dios y lo glorifica. 

Venga a nosotros tu Reino 
El Señor está contigo 
El Reino de Dios es acogido plenamente en Cristo y, de modo singular, en María, que lo recibió en su vientre generoso por su fe: habita en los corazones de quienes aceptan la Palabra del Padre como ella. Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Esto es lo que Cristo prometió a su Iglesia. Porque ella es, en la tierra, semilla de su Reino, que Él llevará a su plenitud por Cristo. María es figura de la Iglesia; por eso, cuando la Iglesia contempla a María, contempla también su propio misterio. 

Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo 
Bendita tú eres entre todas las Mujeres 
María es bendita, porque es la obra maestra del Señor. María es bendita porque es humilde como el Señor lo es. María es bendita porque ella dice sí a Dios. Así fue, así es: María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». 

Danos hoy nuestro pan de cada día 
Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús 
El pan cotidiano y necesario, fruto de nuestro trabajo, y Jesús encarnado, nacido de María, se hacen regalo de cada día. Jesús, nuestro pan, se nos ofrece como Palabra y como Eucaristía, como la diaria vida: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo. 

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden 
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores 
El Padrenuestro nos enseña a perdonar como perdona Dios. María es nuestra intercesora para que vivamos en el Perdón: Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas. 

Y no nos dejes caer en la Tentación y líbranos del mal 
Ahora y en la hora de nuestra muerte 
La imploración para ser libres encuentra en María a su abogada porque madre nuestra es. Ahora y cuando nos llegue la muerte, bien física, bien espiritual: Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». 

Amen. 

Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.



Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es 

¿Es posible Dios existiendo el sufrimiento, el mal y la muerte?

Una de las causas que mueven más al descreimiento es el dolor del Mundo. El que alega esta causa tiene la imagen de un Dios bueno, enemigo del mal. ¿No es éste el Dios de Jesús?
Para los cristianos, Jesús es Dios hecho Hombre. Como nosotros compartió el sufrimiento, el mal y la muerte. Y ésta fue trágica, solo, abandonado por sus discípulos, desacreditado, vencido, torturado, con la única compañía de algunas mujeres, del discípulo amado y de su madre, que a los pies de la cruz lloraba un hijo que ante sus ojos moría en la cruz.
Pero los cristianos no creemos que Jesús acabó fracasando ante la muerte. Porque sabemos que Él nos enseñó que Dios está con el que sufre, que con cada hombre que acompaña al sufriente es Dios mismo el que se acerca. Porque sabemos que el Mal no tiene la última palabra y que el perdón nos redime. Y porque sabemos que la muerte no es el final, que la resurrección la alcanzamos ya hoy siguiendo a Jesús y más allá de nuestra vida terrenal cuando miremos cara a cara al propio Dios.
Como diría Óscar Wilde, el sufrimiento no es un misterio, es una revelación. El contemplar a Cristo y seguirle es la única manera de transformar el sufrimiento, el mal y la muerte en Luz.

Juan Pablo Navarro 
maratania@maratania.es