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La fe nos da la vida - Historia de la Hermandad de La Carretería por Ángel Pérez Guerra




“Se juntaron los hermanos que quedaron bibos”. ¡Tremenda frase¡ ¡cuántos escritores habrían deseado que la inspiración les regalase una frase así! Toda una vida dedicada a ese raro arte de escribir quedaría justificada con ella. Estás palabras dramáticas se escribieron en 1649 y han permanecido ocultas hasta que las ha descubierto el periodista Ángel Pérez Guerra en una de esas tareas con las que nos comprometemos en esta vida y que, en principio, son  poco regalo y mucho trabajo. Embarcado durante años en escribir una historia de la Carretería basada en sus archivos históricos, su esfuerzo ha encontrado fruto en su libro Dios, Hombres, Ciudad – Historia y vida de la Hermandad de La Carretería (Sevilla).
Es eso lo que encontramos en este libro, una historia de fe y de amor a Dios de los hombres que han dado vida a la Hermandad de la Carretería en esta ciudad que llamamos Sevilla y que, de la misma manera que lo pequeño nos habla de lo grande, lo débil de lo fuerte, el átomo del Universo, se nos convierte en una recreación de la vida del Hombre, de las ciudades que habitamos, en las que la Vida se mantiene porque siempre unos pocos confiados se unen y siguen vivos a pesar de la pobreza, de la enfermedad y de la muerte.
Leemos, como, en 1972, el reverendo D. José María Torres García les decía a los hermanos carreteros que las hermandades están “para propagar la fe y dar culto a Dios”. Pero, al leerlo, ya sabíamos que ellos lo habían hecho de manera heroica desde la pobreza. Con su fe superaron los numerosos años en que la salida y los cultos anuales no dependían de la climatología, como en los días de hoy, que, aunque en crisis, todavía opulentos, sino de los limitados recursos, casi siempre insuficientes, de sus hermanos. Y ya habíamos descubierto cuántas veces unos pocos hombres arrojados, por su fe en Dios, por su amor al Cristo de la Salud, se juntaron para seguir vivos. Sí, se juntaron como en aquella ocasión de 1649, en plena peste bubónica que diezmó a media Sevilla, para volver a elegir a los nuevos oficiales de la cofradía porque los que habían elegido una semana antes habían muerto todos y porque los que quedaban necesitaban estar vivos de cuerpo y alma para dar vida a la Vida.
Y es que este es el carisma de los cristianos: confiar a pesar de nuestro saber, esperar contra toda esperanza, y amar aunque estemos desolados. Así que, querido Ángel, amigo mío, gracias por tu paciente afán, pues me has mostrado en el testimonio de estos humildes hermanos lo que es nuestra Fe, lo que es estar vivo.


Juan Pablo Navarro


La Carta que me enviaron los Reyes Magos



Son ya bastantes los años en los que en este día te enviámos regalos. Ahora, hemos pensado que sería bueno escribirte a ti en vez de que nos escribas a nosotros y descubrirte los mejores regalos que ya posees.
Todos los hombres tienen algo que les guía y es preciso acertar con la estrella que alumbra nuestros pasos y, una vez encontrada, no perderla. Así nos pasó a nosotros, fuimos a donde habitaba el mundo, el poder y el dinero y dejamos de verla. Sabrás que sólo por la lectura de la Palabra la volvimos a ver y que esta nos llevó a ese pequeño y débil niño que había nacido en los aledaños de un pequeño y olvidado pueblo, Belén, y que reposando en un pesebre, donde comen los animales, se ofrece como alimento para todos. Y así, nosotros le ofrecimos nuestro oro, nuestro incienso, nuestra mirra, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra existencia, para que nuestras vidas tuvieran sentido.
Así que te animamos a que tu vida sea un encuentro con Jesús, Dios que nos salva. Por ello, déjanos que te recordemos muchos de los regalos que ya tienes.
Primero, el de la Palabra recogida en la Biblia. Léela, a poder ser, diariamente. La Biblia es buena literatura y su profundo sentido no se alcanza de una lectura superficial. Es necesario leerla, releerla y buscar su entendimiento. Ser sabio, es decir, saber desenvolverse en la vida, es lo que puedes alcanzar con ella. ¿Tienes algo mejor?
Segundo, la oración. Los cristianos podemos vivir en oración continua. Eso, entre otras muchas cosas, significa que toda nuestra vida es una oración. Cristo habita en tu corazón y te acompaña, créelo porque es así. Lo percibas o no, Él siempre esta ahí. Así que descubre su presencia en todo momento. Eso significa que nunca estás solo, que vives acompañado: aprende a hablarle y a escucharle. Este diálogo te llevará a superar una de las tenazas que te aprietan en la vida: la soledad. Tu vida será cada día más confiada por mucho que arrecie el temporal y siempre, cuando no puedas andar sobre las aguas y te ahogues, podrás asir la mano del que siempre te acompaña.
Me dirás que la oración te resulta seca. No es ningún secreto que muchos de nuestros retos pasan por la aridez del estudio, de la repetición, de la frustración. Eso puede ser cierto pero ¿no es acaso imagen del desierto de nuestras vidas? Te es necesario andar por ese desierto y sentir sed para que, cuando llegues a ricos manantiales, puedas saciarla. Y, sobre todo, recuerda que oración es comunicación; comunicación contigo y con Él, donde se haya toda respuesta.
Tercero, y este es privilegio de los católicos, tienes el gran regalo de los sacramentos, sobre todo el de la Reconciliación y el de la Eucaristía. No seas insensato y aprovéchalos, nada hay en la vida que te dé más riqueza que éstos. Te lo repito, ni un buen coche, ni un buen trabajo, ni una buena casa, con ser cosas buenas, son comparables al perdón y al alimento de Cristo.
Descubrir qué nos estorba en nuestro camino debe ser una gran alegría, pues conocer lo que nos obstaculiza nos permite buscar los medios para superarlo y, de este modo, el perdón es lo que lo remueve. A su vez, sé siempre pródigo en el perdón. Si rezas atentamente el Padrenuestro descubrirás que de las peticiones que se hacen solo hay una en la que nos igualamos a Dios, el perdón: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Por otro lado, el mayor regalo es la Eucaristía, nuestro alimento. ¿Eres consciente de que es el mismo Cristo el que se te ofrece como en el pesebre? Como en la oración, podrás decirme que no sientes nada, que no te dice nada; pero si es así, como en aquella, hablará más del desierto de tu alma que de la Misa misma, asistir a ella es una suerte que no debes desaprovechar. En ella obtendrás la fuerza que necesitas en este camino que es la vida y, de alguna manera, es ya anticipo de la vida nueva que vivirás tras ésta. La Misa es el rito más profundo e inabarcable y es compendio de la vida cristiana. Además, es acción de gracias y necesitamos dar gracias en todo momento, pues no hay mayor felicidad que la del que se sabe regalado. Y es necesario hacerlo en comunidad, pues Cristo nos lo señaló así; nuestra fe no es de solitarios sino de hermanos que comparten un mismo credo. Por tanto, no les niegues a tus hermanos el amor de tu fe cada domingo y, si lo necesitas, cada día.
Sí, es necesario compartir y, por eso, busca la Palabra en compañía, reza con otros, disfruta de los Sacramentos con los demás, sobre todo con los más próximos, con tu prójimo, y, más que nadie, con quien compartes cada día. Haz con ella, al menos, la oración nocturna y, déjame decirte, que aunque uno de vosotros, o los dos, acabéis abatidos por el sueño, no habrá nada en el día que contribuya más en vuestra convivencia.
La soledad, el dolor y la muerte son los miedos del camino. Cristo se ofrece para superarlos, dándote compañía, revelándote el sentido y resucitándote tras el día postrero. Este Mundo, en cambio, a la soledad le añade angustia, al dolor penuria, a la muerte tragedia. Así que verás que, como cualquier regalo, nada se te pide, todo se te ofrece, sólo hace falta aceptarlo. Y aceptado, descubrirás que, cada día, tú mismo y los otros se harán más el Otro y tu amor será más pleno. Y la vida tendrá sentido y siempre estará colmada de Esperanza.
Y con ello, nos despedimos y te aseguramos que nunca te hemos dado mejor presente que el que conllevan estas palabras. Así que, disfruta de tu regalo y entiende que el cristianismo no es un conjunto de normas ni de ritos ni de creencias en común, aunque, como cualquier cosa de los hombres, las tenga, sino que es la historia de un encuentro personal de uno mismo con Cristo. Ya muchas de tus puertas se las has abierto, sigue abriéndolas una a una para que Él habite en ti, aunque su amor es tan inmenso que sólo la eternidad lo abarcará.


 
Juan Pablo Navarro 
maratania@maratania.es

La duda en la Introduccíon al Cristianismo de Joseph Ratzinger - Benedicto XVI

Cuando lo eligieron Papa no lo comprendí. Me quedé perplejo y no entendía el porqué. ¿Cómo lo habían elegido a él? Sin duda estaba influido por la imagen que el mundo da de cada cual, una apariencia que no acerca sino aleja de la persona real que representa. Posiblemente esperaba un Papa más acorde con lo que el mundo esperaba, alguien más cómodo para no ser atacado por los intransigentes. En realidad, a Joseph Ratzinger no lo conocía, sólo había oído hablar de Ratzinger Z.
Lo empecé a conocer cuando escuché atentamente su primera homilía en la que iba explicando toda la simbología que acompañaba a su nuevo oficio. Era un lenguaje claro, preciso, humilde. Recordaba a un profesor que sabía que su servicio era, con completa humildad, enseñar lo poco que sabía a los demás. Mi imagen de él empezó a cambiar y la duda se trocó en esperanza.
La lectura de sus libros me han llevado a conocerlo personalmente, como conocemos a Cervantes, a Shakespeare, a Moliere. Y con ellos llegó la admiración. Encontré un pensamiento abierto, profundo, tolerante. En ellos se respira generosidad, humildad y, sobre todo, se descubre una intensa búsqueda de la verdad a través de la razón y a través de la fe. En ella se encuentra a un hombre asido a Verdad que es Cristo.
Releo este verano uno de sus libros más reconocidos, “La Introducción al Cristianismo” (1968), en el que trata sobre lo que creemos los cristianos. Comparto con vosotros un breve resumen de los que dice sobre la duda y la fe en la introducción a la Introducción:
El creyente no vive sin problemas, sino que está siempre amenazado por la caída en la nada. Pero tenemos que reconocer y hemos de decir que los destinos del hombre se entrelazan: tampoco el no-creyente vive la existencia encerrada en sí misma, …, siempre le acuciará la misteriosa inseguridad de si el positivismo tiene realmente la última palabra…
Es ley fundamental del destino humano encontrar lo decisivo de su existencia en la perpetua rivalidad entre la duda y la fe, entre la impugnación y la certidumbre. Quizá justamente por eso, la duda que impide que ambos se cierren herméticamente en lo suyo, pueda convertirse ella misma en un lugar de comunicación. Impide a ambos que se recluyan en sí mismos: al creyente lo acerca al que duda y al que duda lo lleva al creyente. Para uno es participar en el destino del no creyente; para el otro la duda es la forma en que la fe, a pesar de todo, subsiste en él como reto.”
Termina su reflexión de la siguiente manera refiriéndose más en concreto a la fe en Cristo:
“Como hemos visto anteriormente, esto no nos libra de pensar. ¿Eres tú de verdad el que ha de venir? esto es lo que, en un momento duro y angustioso, preguntó Juan Bautista… El creyente vivirá siempre en esa oscuridad que crea a su alrededor, como prisión en la que no pude huir, la oposición del que no cree. La indiferencia del mundo, que sigue adelante cono si nada hubiera sucedido, parece ser sólo una burla a sus esperanzas. ¿Lo eres realmente? A hacernos esta pregunta nos obliga la honradez del pensamiento y la responsabilidad de la razón, y también la ley interna del amor que quisiera conocer más y más a Aquel a quien ha dado su sí para poder amarlo más y más…”
De esta manera, añado yo, los creyentes y no-creyentes no son, gracias a la duda, rivales en un campo de batalla sino buscadores de la verdad; los no-creyentes creeran que esa búsqueda se encuentra en la soledad de su pensamiento y los creyentes la buscarán en la experiencia gozosa del encuentro con Cristo, la Verdad que nos hará libres (Juan, 8, 32). No habrá batalla entre personas, habrá guerra entre el Bien y el Mal donde nunca debemos prejuzgar al aliado, pues como dijo Jesús, quien no está contra nosotros está a favor nuestro (Marcos, 9, 40).
Espero que esta breve reseña ayude a poner en duda la idea que tenías del hoy Benedicto XVI. Y ello no tiene importancia por él, ya que ningún cristiano sigue al Papa, de igual manera que no seguimos a San Pedro, a San Francisco de Asís ni a Teresa de Calcuta; seguimos a Cristo. Y, por ello, por honradez y por razón, debemos remover los obstáculos y dudas que nos alejan de su amor gratuito.
P.D. : El 25 de septiembre de 2011, Benedicto XVI ha pronunciado la siguiente frase en su viaje pastoral a Alemania: “Un agnóstico que no encuentra la paz por la cuestión de Dios y tiene deseo de un corazón puro está más cerca de Dios que los fieles rutinarios que ya solamente ven en la iglesia al b0ato. sin que su corazón quede tocado por la fe”

Procede de la Bitácora de Maratania

André Frossard : “Dios existe. Yo me lo encontré"

 (Extraída y resumida de http://caminocatolico.org)
André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, diputado y ministro durante la III República y primer secretario general del Partido Comunista Francés, Frossard fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a los veinte años en 1935, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió 5 minutos más tarde “católico, apostólico y romano”.
Podéis ver este breve video sobre él si pincháis aquí
(Extractos de su libro Dios existe. Yo me lo encontré)
André FrossardEramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita roja. Su celo no hacía más que prolongar en vano un debate cerrado mucho tiempo atrás por la razón. Pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema. (…)
Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (…) No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios.
¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los medios avanzados, mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los veinte años, si contra toda espera razonable consideraba bueno tener una. Era una decisión sin cálculo que presentaba todas las apariencias de imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea. De hecho, es una edad impaciente y tumultuosa en la que los que han sido educados en la fe acaban corrientemente por perderla antes de volverla a encontrar, treinta o cuarenta años más tarde, como una amiga de la infancia… Los que no la han recibido en la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el cuartel…
Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo dormía en la habitación que, durante el día, servía a mi padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx, bajo un retrato a pluma de Jules Guesde (socialista que colaboró en la redacción del programa colectivista revolucionario) y una fotografía de Jaurès…
Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría podido ser de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a los poderosos, y sobre todo por el hecho de que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el ajusticiado por el poder y por su aparato de represión.

Encontré a Dios sin buscarlo

Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré…
Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios.
Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.
Mi mirada pasa de la sombra a la luz, vuelve a la concurrencia sin traer ningún pensamiento, va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar: luego, ignoro por qué, se fija en el segundo cirio que arde a la izquierda de la cruz. No el primero, ni el tercero, el segundo. Entonces se desencadena, bruscamente, la serie de prodigios cuya inexorable violencia va a desmantelar en un instante el ser absurdo que soy y va a traer al mundo, deslumbrado, el niño que jamás he sido.
Antes que nada, me son sugeridas estas palabras: vida espiritual. No me son dichas, no las formo yo mismo, las escucho como si fuesen pronunciadas cerca de mí, en voz baja, por una persona que vería lo que yo no veo aún.
La última sílaba de este preludio murmurado, alcanza apenas en mí la orilla de lo consciente que comienza una avalancha al revés. No digo que el cielo se abre; no se abre, se eleva, se alza de pronto, fulguración silenciosa, de esta insospechada capilla en la que se encontraba milagrosamente incluido. ¿Cómo describir con estas palabras huidizas, que me niegan sus servicios y amenazan con interceptar mis pensamientos para depositarlos en el almacén de las quimeras?
El pintor a quien fuera dado entrever colores desconocidos, ¿con qué los pintaría? Es un cristal indestructible, de una transparencia infinita, de una luminosidad casi insostenible (un grado más me aniquilaría) y más bien azul; un mundo, un mundo distinto de un resplandor y de una densidad que despiden al nuestro a las sombras frágiles de los sueños incompletos.

Una nueva familia, la Iglesia

… Su irrupción desplegada, plenaria, se acompaña de una alegría que no es sino la exultación del salvado, la alegría del náugrafo recogido a tiempo; con la diferencia, sin embargo, de que es en el momento en que soy izado hacia la salvación cuando tomo conciencia del lodo en que, sin saberlo, estaba hundido, y me pregunto, al verme aún con medio cuerpo atrapado por él, cómo he podido vivir allí, respirar allí.
Al mismo tiempo me ha sido dada una nueva familia, que es la Iglesia, que tiene a su cargo conducirme a donde haga falta que vaya; bien entendido que, a pesar de las apariencias, me queda alguna distancia que franquear y que no podría ser abolida más que por la inversión de la gravedad.
Todas estas sensaciones que me esfuerzo por traducir al lenguaje inadecuado de las ideas y de las imágenes son simultáneas, comprendidas unas en otras, y pasados los años no habré agotado el contenido. Todo está dominado por la presencia, más allá y a través de una inmensa asamblea, de Aquel cuyo nombre jamás podría escribir sin que me viniese el temor de herir su ternura, ante Quien tengo la dicha de ser un niño perdonado, que se despierta para saber que todo es regalo.
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, “católico, apostólico, romano”, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Una transformación instantánea y total

Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.
No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me lo encontré. (…)

Alarma familiar

Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje tan insólito que mi familia se alarmó.
Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo sosegadamente y de interrogarme indirectamente, pudo comunicar a mi padre sus conclusiones: era la “gracia”, dijo, un efecto de la “gracia” y nada más. No había por qué inquietarse.
Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia.
Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi hermana menor. Ella se convertiría a pesar de todo al catolicismo, y mi madre también, bastantes años después de ella.
Frossard escribió el libro de su conversión, Dios existe. Yo me lo encontré, que mereció el Gran Premio de la literatura Católica en Francia en 1969, y que se convertiría en un best-seller mundial. Murió en París en 1995 a los 80 años de edad, tras haber sido uno de los intelectuales católicos franceses más influyentes de su país en el pasado siglo.
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¿CASUALIDAD? Añado por mi parte, que he encontrado casualmente esta historia este jueves de Corpus (la fiesta litúrgica se ha pasado recientemente al domingo, aunque en muchos lugares como Sevilla, Granada o Toledo, sigue siendo festivo el jueves). Frossard comentaba que, cuando tuvo esa experiencia, ignoraba que estaba frente al Santísimo Sacramento y añadía: “Una sola cosa me sorprende: la Eucaristía. No que me pareciese increíble, pero me sorprendía que la caridad divina hubiese emcontrado este método inaudito para comunicarse y, sobre todo, que para hacerlo hubiese elegido el pan que es el alimento del pobre y el preferido de los jóvenes”. Concluye con “Amor, para hablar de ti sería demasiado p0co la eternidad”

Shahbaz Bhatti y el tiempo del perdón

http://maratania.files.wordpress.com/2011/04/shahbaz-bhatti.jpg“Rezad por mí y por mi vida. Soy un hombre que ha quemado sus barcos, no puedo y no quiero retroceder: voy a luchar contra el extremismo y defenderé a los cristianos hasta la muerte”
Se llamaba Shahbaz Bhatti, una lluvia de tiros lo mataron. Lo mataron unos hombres piadosos. Él lo sabía. Era el ministro para las minorías religiosas de Pakistán y había recibido numerosas amenazas de muerte por su intento de derogar la ley sobre la blasfemia, que condena a muerte a quien insulte el Islam o al profeta Mahoma. Era uno de estos raros políticos que consideran que el poder no es para dominar sino para servir; y eligió servir a los débiles y, entre ellos, a la más débil: una mujer, una madre, una prisionera, católica como él, Asia Bibi, condenada a muerte por esa ley.
Sí, él sabía que lo iban a matar y, el 2 de marzo de 2011, ocurrió. Sí, él lo sabía y, por eso, dejó un mensaje para después de su muerte: “Sólo busco un sitio a los pies de Jesús… me consideraría un privilegiado si (por ayudar a los necesitados, los pobres y los cristianos perseguidos de Pakistán) Jesús quiere aceptar el sacrificio de mi vida.”
Sin duda, Caín era un hombre piadoso, de esos que creen que Dios le debe algo por ello. Pero ya sabéis que, entre Caín y Abel, las cosas no fueron bien. Caín atacó a su hermano Abel y lo mató. Su vida futura sería el exilio; y él, que se había hecho señor de la vida de su hermano, temía por la suya:
“Mi culpa es grave y me abruma. Si hoy me haces extranjero en esta tierra, tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo; el que tropiece conmigo me matará.
El Señor le dijo: El que mate a Caín lo pagará siete veces.
Y el Señor marcó a Caín, para que, si alguien tropezaba con él, no lo matara.”
Caín no busca el perdón, vive en una angustia que le abruma y ve, en los demás, asesinos como él que no respetarán su vida. Sin embargo, Dios no sólo no ejecuta al asesino de Abel sino que, tras mostrarle que sin Él sólo se vive como un ser errante, le brinda su protección. ¡Qué idea de Dios tan sorprendente la que tenía este escritor de hace más de 2.500 años! No es de extrañar que la asociación contra la pena de muerte vinculada al Partido Radical italiano se llame “Nadie Toque a Caín”.
El autor del Génesis imaginó un mundo perfecto en sus inicios, sin violencia, un mundo en el que, incluso, todos eran vegetarianos:
“Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento. Y a todas la fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde”.
Sin embargo, ese mundo idílico se había roto. Entre los descendientes de Caín está un malvado llamado Lamec. Esta es su justicia:
“Yo maté a un hombre por una herida, y a un muchacho por una contusión. Porque Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete”.
Su justicia es una cruel venganza. Aquí resume el Génesis el punto más bajo de la humanidad.
Siglos después, un hombre joven recorrió los campos de Israel proponiendo el perdón como el centro de su doctrina: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces? Jesús le respondió: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18, 21-22). A Él también lo mataron unos hobres piadosos. Sí, Él lo sabía. Y, en su muerte, tal como lo narra Lucas, también estaría el perdón en el centro:
Lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen… Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: ¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino. Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.”
Sí, él ofrecía un perdón gratuito y perdonaba a todos porque no sabían lo que hacían. Cómo no perdonar al que camina a ciegas y derrumba todo lo que con él se tropieza porque sin Luz sólo se puede caminar errante.
Paul Bhatti, el hermano de Shabazz, ha dicho: “No he dudado en perdonar a los asesinos… para un cristiano, es un paso necesario para combatir el odio”.

Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es

Los sentidos de la Semana Santa sevillana

http://maratania.files.wordpress.com/2011/04/nazarenos.jpgEl Arte ha buscado siempre alcanzar una obra que satisfaga a todos los sentidos y al espíritu. En la Semana Santa sevillana se encontró ya hace decenios. La vista alcanza a contemplar la belleza de las imágenes, el colorido de la procesión, la emotiva danza de los pasos. El oído se recrea en los sones de la música, en el arrastrar de los pies de los costaleros, en el cantar de las saetas. El olfato huele las flores, el incienso y la cera, mientras el tacto siente como los labios besan la madera de vírgenes y cristos, el roce de la bulla y la piel se emociona en un momento eterno. Hasta las torrijas, los pestiños y la comida de cuaresma deleitan el sentido del gusto.
A este arte total lo redondea la necesaria participación activa del público fiel que las contempla en silencio o bullicioso, sentado o de pie, quieto o moviéndose con la multitud. Unido a la cofradía como devoto o espectador, orante o festivo, como simple curioso o colmado de pasión.
Y qué decir del espíritu. Todo serìa una simple pantomima si la representación que se lleva a cabo no recordara el hecho religioso de la muerte de Cristo. Todo sería vacío si las imágenes no le simbolizaran a Él. Todo sería falso si los actores de la Semana Santa no creyesen esta realidad de fe. Esto es de tal manera, que esta religiosidad impregna la actitud del cristiano y, también, la de todos aquellos que acuden a la Semana Santa movidos por la tradición, la experiencia del rito o la belleza de las procesiones.
La Semana Santa es así un completo goce de los sentidos, una simbiosis entre actores y espectadores, una forma única en que toda una ciudad, Sevilla, se une ante un hecho religioso para creerse y crearse cada año con ritos centenarios y, a su vez, llenos otra vez de novedad, de fe y de amor. Es la conmemoración plena de la muerte de Cristo y la expectativa, ya festiva, de su Resurrección.

Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es

El tiempo de las bendiciones

Las tentaciones de Gustavo DoréEl cristianismo vive durante 40 días la cuaresma, el tiempo de las bendiciones, el tiempo del perdón que culmina con Cristo en la cruz y con Cristo resucitado. En el camino que propone la cuaresma, ayer domingo, cientos de millones de personas reflexionaron sobre las tentaciones de Cristo (Mt 4, 1-11). Entre estas, aviso para despistados, no aparece ninguna Magdalena desfigurada de un superficial vendedor de best-sellers. No, Mateo nos sorprende con la profundidad con la que la comunidad cristiana, 50 años después de la muerte de Cristo, había reflexionado sobre Él, sobre el Mal, sobre las tentaciones que viviría la Iglesia y sobre cómo la juzgaría el Mundo.
Mateo nos presenta la escena con Cristo en el desierto, hambriento tras 40 días de ayuno. El diablo se acerca a Él y le tienta en tres ocasiones. Básicamente, ¿cuáles son?: la primera es por qué no nos da a todos el alimento necesario para liberarnos del hambre; la segunda, por qué no nos demuestra la existencia de Dios y nos libra de la incertidumbre; la tercera, por qué no domina el mundo e impera sobre él. Muchos se preguntarán cómo Mateo puede considerar que estas sean tentaciones, ¿no es justo dar alimento a todos, probar la existencia de Dios, emplearse del poder para alcanzar un mundo justo? Pues sí, las son y a todas Cristo respondió un claro no. El Mal, cuando quiere embaucar al que busca el bien, siempre se presenta bajo la apariencia de lo mejor, de lo moral, de lo correcto, de lo real y constatable en donde Dios nos parece ilusorio e innecesario; sólo aparece bajo su realidad sucia y burda al que ya es esclavo de su poder.
Repasémoslas. Como decíamos, Cristo está hambriento en el desierto, en el lugar donde todo lo necesitamos, y se acerca el diablo y le dice “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes” y le responde: «está escrito: El hombre no vive solamente de pan,sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Puedo imaginarme una sociedad perfecta, donde se nos procure pan, salud y trabajo para todos, todo lo necesario y lo útil. Pued0 imaginármela fría como el hielo. La propuesta de Cristo es diferente. El no niega el pan necesario, en la multiplicación de los panes veremos como da de comer a la multitud. Los momentos son diferentes, el primero, un sucedáneo de pan olvidados de Dios, el segundo, hombres que buscan a Dios, que oran a Él y que comparten fraternalmente. Es más, Cristo nos regalará otro pan, si en la tentación eran piedras convertidas en panes, en el segundo será pan convertido en Él mismo, en el propio Cristo, el pan que alimenta para siempre de la Eucaristía. Y es en ella, donde encontaremos la fuerza para dar pan al que no lo tiene.
La segunda tentación cambia de escenario, en lo más alto del Templo de Jerusalén. Se nos presenta al diablo como un teólogo conocedor de las Escrituras: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra. Jesús le respondió: También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». La tentación recuerda a la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro que cuenta Lucas en la que aquel, ya muerto, pide a Abraham que alguno de los muertos se presenten a sus hermanos, también ricos, para que se arrepientan y Abraham le responde: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”. Cristo no nos ofreció una realidad más evidente que la que esta posee, no dio más prueba que su propia vida culminada en lo alto del templo del cruz, donde abandonado, fracasado y moribundo volvió a escuchar la misma tentación: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo”, pero de su boca sólo salieron palabras de perdón. Y cuando llegó su hora definitiva, “el sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró”. Sí, la única prueba es seguirle encomendados al Padre y vivir la experiencia de su yugo suave, de su carga ligera, aunque el camino te lleve a la cruz.
En la tercera, en una montaña muy alta, el diablo “le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: Te daré todo esto, si te postras para adorarme. Jesús le respondió: Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto». Es la gran tentación, usar nuestro poder dominador para salvar al mundo, cuántas veces habremos caído en ésta, cuántas veces hemos puesto la fe al servicio del poder y como consecuencia la fe se ha retraído. Y sin embargo, Cristo nos propone el camino inverso, no afirmarnos en nuestro poder sino negarnos, no el dominio sino el el servicio, el poder débil del Dios que se puede falsear, que se puede apresar, que se puede matar, pues sólo tiene la fuerza del amor, la fuerza del perdón en el que el perdonado y el que perdona se reconocen como hijos de Dios y se encuentran.
Cuando los cristianos damos pan sin Dios, erramos, cuando predicamos un dios agradable al mundo y que niega al hombre, idolatramos, cuando usamos el poder dominador para traer el Reino de Dios, es más, cuando ofrecemos el cristianismo como medio para conseguir el paraíso material aquí en la tierra, engañamos. Cristo lo que nos trajo fue a Dios y con su muerte, el Reino de Dios es ya, aquí, ahora, el tiempo de las bendiciones ya está aquí: el reino del que confía y se libera del miedo, el reino de la esperanza contra toda esperanza que nos permite caminar alegres sin tregua, del amor que nos lleva al perdón.
Y así, aunque el Mundo nos derrotara, nos abandonara o nos matara como a Cristo en la Cruz, el Mundo no tendría la última palabra porque entonces Dios daría órdenes a sus ángeles, y ellos nos llevarían en sus manos para que no tropezáramos con ninguna piedra y alcanzáramos la nueva vida porque, en el fracaso de la cruz, Cristo ya triunfó y nos regaló, ya para siempre, la vida eterna y allí conocer a Dios.

Retorno a Brideshead

Evelyn Waugh (Londres, 1903 - Somerset, 1966), de igual modo que otros novelistas ingleses conversos al catolicismo, como C.S Lewis en Crónicas de Narnia o Tolkien en El Señor de los Anillos, encontró en su nueva fe el tema central de sus obras. Éste es el caso, sin duda, de Retorno a Brideshead. Escrito entre 1944 y 1945, durante la convalecencia por un accidente de paracaidismo durante la II Guerra Mundial, busca, tal como manifiesta en el prólogo, cómo influye la gracia divina en un grupo de personajes muy diferentes entre sí. El protagonista es Charles Ryder, un joven agnóstico que conocerá en Oxford a Sebastian Flyte, el pequeño de una aristocrática y católica familia. Sus miembros no son santos de cartón piedra, son hombres débiles y pecadores que encontrarán de una u otra manera a Dios.
Sebastian, uno de los personajes más atractivos de la literatura del siglo XX, es un joven hedonista, "enamorado de su propia infancia" y alcohólico. Abrirá las puertas a Charles de Brideshead , el palacio de la familia. Mantendrá una íntima relación con él en Oxford, sin que quede claro que mantengan relaciones homosexuales. Éstas parecerán más evidentes con un alemán lisiado huido de la legión extranjera al que acogerá en su casa en Marruecos. Sebastian acabará atrapado por su alcoholismo acogido en un monasterio de donde escapará de vez en cuando para beber. Cordelia, la hermana pequeña, en una conversación con Charles, lo retratará como una especie de santo borracho.
Julia, hermana de Sebastian, abandonará la fe para casarse con Rex, un advenedizo obsesionado con el poder y el dinero: "algo absolutamente moderno y al día, que sólo esta época espantosa podría producir. Un trocito muy pequeño de hombre que juega a ser hombre entero". Años después, se unirá a Charles, entonces casado, y convivirá con él en Brideshead planeando divorciarse para poder casarse. Sin embargo, con el regreso de un moribundo Lord Marchmain, los acontecimientos llevarán finalmente a Julia a la conversión: "Siempre he sido mala. Es probable que vuelva a ser mala, y volveré a ser castigada. Pero cuando peor soy, más necesito a Dios. No puedo estar fuera del alcance de su misericordia".
Lord Marchmain, el padre, se convirtió al catolicismo al casarse y lo abandonó al separase. En su lecho de muerte, surge la duda de darle la Extrema Unción; Charles y el médico en contra, Julia y la amante de Lord Marchmain a favor. Finalmente, mientras la recibía, Charles, al ver al sacerdote hacer la señal de la cruz, se arrodilló y rezó: "Oh, Dios, si existe un Dios, perdónale los pecados, si existen los pecados"... lord Marchmain desde su inconciencia moribunda se persigna. Charles afirma: "entonces supe que la señal por la que había orado no era tan insignificante, y me acordé de una frase de la infancia acerca del velo del templo que se rasgaba de par en par."
Charles creyó en Brideshead "estar muy cerca del Paraíso". Será un observador sorprendido de la religiosidad de la familia Flyte desde su agnosticismo. Al final de la novela, rondando los 40 años, durante la Segunda Guerra Mundial, el destino le llevará de nuevo a Brideshead; allí se acercará a la capilla y ante la lámpara "encendida delante del altar", rezará una oración recién aprendida.

El Padre Nuestro y el Ave María

Desconozco los mandatos de la memoria. Sé que el recuerdo de mi madre enseñándome a orar se alberga en ella como uno de los hitos iniciales que dan sentido a mi vida. Así son las madres, te acogen, te alimentan, te enseñan, se entregan. Por ello, no me extraña que María, nuestra madre, con su oración, que es su vida, nos adentre y nos conduzca al Padre que es Nuestro. 

Como muchas veces, caminaba orando, también divagando por mis pensamientos. Me vino esta pregunta: ¿Estarán tan sujetos el Padre Nuestro y el Ave María que podamos buscar significados paralelos a cada uno de sus versos? 

Brevemente, esto discurrí. 

Padre Nuestro que estás en el Cielo 
Dios te salve, María 

El saludo a María nos trae el cielo, aquí, a nuestra vida, a nuestra realidad. Nuestra mirada se eleva y descubre que Dios no está en la lejanía de cielos impenetrables, sino en nuestro corazón que lo gesta en el silencio. Sí, el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros para ganarnos la gracia, un día que no será tiempo, de habitar en cielos eternos en eterna alabanza. 

Santificado sea tu nombre 
Llena eres de gracia 

El plan de Dios se hace plenitud en María. El que Es, el Santo, colma a María de su santidad. La gloria de Dios es el hombre plenamente vivo; y la vida del hombre es la visión de Dios dice San Ireneo. Es la humildad que recibe la gracia la que reconoce a Dios y lo glorifica. 

Venga a nosotros tu Reino 
El Señor está contigo 
El Reino de Dios es acogido plenamente en Cristo y, de modo singular, en María, que lo recibió en su vientre generoso por su fe: habita en los corazones de quienes aceptan la Palabra del Padre como ella. Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Esto es lo que Cristo prometió a su Iglesia. Porque ella es, en la tierra, semilla de su Reino, que Él llevará a su plenitud por Cristo. María es figura de la Iglesia; por eso, cuando la Iglesia contempla a María, contempla también su propio misterio. 

Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo 
Bendita tú eres entre todas las Mujeres 
María es bendita, porque es la obra maestra del Señor. María es bendita porque es humilde como el Señor lo es. María es bendita porque ella dice sí a Dios. Así fue, así es: María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». 

Danos hoy nuestro pan de cada día 
Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús 
El pan cotidiano y necesario, fruto de nuestro trabajo, y Jesús encarnado, nacido de María, se hacen regalo de cada día. Jesús, nuestro pan, se nos ofrece como Palabra y como Eucaristía, como la diaria vida: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo. 

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden 
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores 
El Padrenuestro nos enseña a perdonar como perdona Dios. María es nuestra intercesora para que vivamos en el Perdón: Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas. 

Y no nos dejes caer en la Tentación y líbranos del mal 
Ahora y en la hora de nuestra muerte 
La imploración para ser libres encuentra en María a su abogada porque madre nuestra es. Ahora y cuando nos llegue la muerte, bien física, bien espiritual: Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». 

Amen. 

Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.



Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es 

¿Es posible Dios existiendo el sufrimiento, el mal y la muerte?

Una de las causas que mueven más al descreimiento es el dolor del Mundo. El que alega esta causa tiene la imagen de un Dios bueno, enemigo del mal. ¿No es éste el Dios de Jesús?
Para los cristianos, Jesús es Dios hecho Hombre. Como nosotros compartió el sufrimiento, el mal y la muerte. Y ésta fue trágica, solo, abandonado por sus discípulos, desacreditado, vencido, torturado, con la única compañía de algunas mujeres, del discípulo amado y de su madre, que a los pies de la cruz lloraba un hijo que ante sus ojos moría en la cruz.
Pero los cristianos no creemos que Jesús acabó fracasando ante la muerte. Porque sabemos que Él nos enseñó que Dios está con el que sufre, que con cada hombre que acompaña al sufriente es Dios mismo el que se acerca. Porque sabemos que el Mal no tiene la última palabra y que el perdón nos redime. Y porque sabemos que la muerte no es el final, que la resurrección la alcanzamos ya hoy siguiendo a Jesús y más allá de nuestra vida terrenal cuando miremos cara a cara al propio Dios.
Como diría Óscar Wilde, el sufrimiento no es un misterio, es una revelación. El contemplar a Cristo y seguirle es la única manera de transformar el sufrimiento, el mal y la muerte en Luz.

Juan Pablo Navarro 
maratania@maratania.es

El paso más difícil es el primero


Estaba en Misa con mi mujer y mis hijos. Era la dedicada especialmente a los niños. Miré a mis hijos, de 3 y 4 años de edad, y estaban felices. Me conmoví al contemplarlos. Extrañamente se me vino a la cabeza el texto del Evangelio de San Lucas sobre la visita de Jesús a la casa de Marta y María:
"Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude"

Jesús le responde:
«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.»

Razón extraña, ¿contemplar cuando hay todo un Mundo que arreglar?

Pero viendo a mis hijos admití que los amo porque los contemplo. Y es eso lo que me lleva a amarlos, es decir, a darme, a ofrecerme, a regalarme.

Y contemplando al otro
das agua al sediento, vistes al desnudo, visitas al preso y al enfermo en nombre de Dios, es decir, das el agua que quita para siempre la sed que es Jesús, vistes de la Palabra de Dios al que la ignoraba y liberas al preso y al enfermo del Mal que le aleja de los demás.
Por eso, el paso más difícil es el primero, contemplar al otro que es el Otro.

Por ello, Teresa de Calcuta afirmaba de esta manera: El fruto del silencio es la oración, el fruto de la oración es la fe, el fruto de la fe es el amor, el fruto del amor es el servicio, el fruto del servicio es la Paz.


Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es