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Preguntas sin repuestas y Resurrección

Las incertidumbres que nos acompañan durante nuestras vidas acucian al meditar sobre la Pasión del Señor. La incomprensión ante el silencio de Dios, la injusticia, el dolor, la soledad y la muerte se convierten en hechos reales en los padecimientos de Jesús en su oración del Huerto de los Olivos, en su condena, en sus insufribles padecimientos, en su completo abandono, en su muerte.
De la misma manera que Pilatos, preguntamos:"¿Qué es la Verdad? Y respondemos que la Verdad es Cristo y que Él respondió al silencio del Padre con la confiada aceptación de su Voluntad; a su condena con perdón; al dolor con Amor; a la soledad con su entrega absoluta a los demás; a la muerte con Esperanza.
Y por ello, hoy, que celebramos la Pascua de Resurrección, sabemos que las preguntas sin respuestas se convierten en afirmaciones rotundas cada vez que descubrimos la Verdad en el Resucitado, en la convicción profunda de que Jesús de Nazaret vive y nos ha redimido de todas nuestras incertidumbres.
Juan Pablo Navarro Rivas

La fe nos da la vida - Historia de la Hermandad de La Carretería por Ángel Pérez Guerra




“Se juntaron los hermanos que quedaron bibos”. ¡Tremenda frase¡ ¡cuántos escritores habrían deseado que la inspiración les regalase una frase así! Toda una vida dedicada a ese raro arte de escribir quedaría justificada con ella. Estás palabras dramáticas se escribieron en 1649 y han permanecido ocultas hasta que las ha descubierto el periodista Ángel Pérez Guerra en una de esas tareas con las que nos comprometemos en esta vida y que, en principio, son  poco regalo y mucho trabajo. Embarcado durante años en escribir una historia de la Carretería basada en sus archivos históricos, su esfuerzo ha encontrado fruto en su libro Dios, Hombres, Ciudad – Historia y vida de la Hermandad de La Carretería (Sevilla).
Es eso lo que encontramos en este libro, una historia de fe y de amor a Dios de los hombres que han dado vida a la Hermandad de la Carretería en esta ciudad que llamamos Sevilla y que, de la misma manera que lo pequeño nos habla de lo grande, lo débil de lo fuerte, el átomo del Universo, se nos convierte en una recreación de la vida del Hombre, de las ciudades que habitamos, en las que la Vida se mantiene porque siempre unos pocos confiados se unen y siguen vivos a pesar de la pobreza, de la enfermedad y de la muerte.
Leemos, como, en 1972, el reverendo D. José María Torres García les decía a los hermanos carreteros que las hermandades están “para propagar la fe y dar culto a Dios”. Pero, al leerlo, ya sabíamos que ellos lo habían hecho de manera heroica desde la pobreza. Con su fe superaron los numerosos años en que la salida y los cultos anuales no dependían de la climatología, como en los días de hoy, que, aunque en crisis, todavía opulentos, sino de los limitados recursos, casi siempre insuficientes, de sus hermanos. Y ya habíamos descubierto cuántas veces unos pocos hombres arrojados, por su fe en Dios, por su amor al Cristo de la Salud, se juntaron para seguir vivos. Sí, se juntaron como en aquella ocasión de 1649, en plena peste bubónica que diezmó a media Sevilla, para volver a elegir a los nuevos oficiales de la cofradía porque los que habían elegido una semana antes habían muerto todos y porque los que quedaban necesitaban estar vivos de cuerpo y alma para dar vida a la Vida.
Y es que este es el carisma de los cristianos: confiar a pesar de nuestro saber, esperar contra toda esperanza, y amar aunque estemos desolados. Así que, querido Ángel, amigo mío, gracias por tu paciente afán, pues me has mostrado en el testimonio de estos humildes hermanos lo que es nuestra Fe, lo que es estar vivo.


Juan Pablo Navarro


Porta Fidei - La Puerta de la Fe



  • "Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad... por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo... han confesado la belleza de seguir al Señor Jesucristo"

Debo reconocer que Joseph Aloisius Ratzinger, que ha ejercido el papado bajo el nombre de Benedicto XVI, me ha ayudado ha profundizar en mi fe. Por ello, no se me ocurre mejor homenaje que reseñar su carta pastoral Porta Fidei escrita con motivo del año de la fe (11/10/2012+24/11/2013): "La puerta de la fe, que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma". 
La carta parte de un diagnóstico claro: "mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad". Por ello, afirma que debemos descubrir de nuevo la Palabra y el Pan de la vida.
Reconoce que "la renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes... la iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación".
Por tanto, el Año de la Fe es una invitación a la conversión al Señor que ha revelado "en plenitud el Amor que salva”. Ese Amor nos impulsa a "una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe... La fe crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y de gozo". La profundización en la fe nos ayudará a adherirnos al Evangelio con mayor conciencia y vigor "para transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre."
Expresa el deseo de que este Año suscite a los creyentes "la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza" y "para intensificar la celebración de la Eucaristía que es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde emana toda su fuerza".
Profundizar en la fe supone profundizar "en el acto con el que decidimos entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios". El contenido de la Fe enseñado en el Catecismo solo adquiere "pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración".
La fe se enfrenta a la mentalidad actual que reduce el ámbito de las certezas a los logros científicos pero "la Iglesia nunca ha tenido miedo a mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad".
No podemos olvidar que aquellos que no encuentran la fe pero "buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de sus existencia" se encuentran en un "preámbulo de la fe" que conduce "al misterio de Dios".
La historia de la Iglesia nos habla del misterio de la santidad y el pecado. Por la primera se "pone de relieve la gran contribución" para el desarrollo de los hombres. Por el segundo, se suscita "en cada uno un sincero y constante acto de conversión".
Debemos tener la mirada fija en Cristo ya que en su Encarnación descubrimos "la alegría del amor, la respuesta del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte".
Enumera que por la Fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó "que sería la Madre de Dios", por la fe "los apóstoles dejaron todo para seguir al maestro... por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes.. Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad... por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo... han confesado la belleza de seguir al Señor Jesucristo donde se les ha llamado a dar testimonio de su ser cristiano en la familia, la profesión y la vida.
Y concluye citando al apóstol Santiago que dice:"¡De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras... Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin obras, y yo con mis obras te mostraré mi fe", para recordarnos que debemos ser testimonio de la caridad. Nos cita a San Pablo "que pidió al discípulo Timoteo que buscara la fe con la misma constancia que cuando era niño" para "distinguir con ojos siempre nuevos la maravilla que Dios hace por nosotros". Y nos da el último rayo sobre la fe con el apóstol San Pedro: "Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas" para afirmar que las pruebas de la vida nos permiten conocer el misterio de la Cruz y ser preludio de la alegría definitiva.
Así que "confiemos a la Madre de Dios, proclamada bienaventurada porque ha creído (Lc1-45) este tiempo de gracia".

Juan Pablo Navarro

Sor Adela y la vida contemplativa en el convento de madre de Dios

Madre de Dios niño jesus jeronimo hernandez
Como una de las virtudes divinas es la paciencia, no es de extrañar que haya pasado más de un año desde que iniciamos el proyecto de realizar una guía del convento de Madre de Dios que ayudase a su conservación y que hasta ayer no haya podido acercame a hacer fotografías. ¿Cuánto pasará hasta que lo publiquemos?. Pero bueno, la cosa es que, con mi amigo, el arquitecto Miguel Ángel López, me acerqué allí y disfruté de una de esas mañanas que guardo en mi memoria y hacen grato mi trabajo.
Subimos a la hornacina principal del altar mayor y pude contemplar desde esa altura los esplendidos alfarjes de la capilla mayor. La nave de la iglesia y el coro se extendían ante mis ojos, acompañado por la magistral imagen de la Virgen del Rosario de Jerónimo Hernández. Los ojos del Niño Jesús que sujeta en sus brazos tienen una mirada melancólica que te atrapa y no te suelta.
Bajamos a la nave para retratar el altar mayor y los laterales de excelente talla. Un enorme artesonado cubre la iglesia y alcanza al coro, zona claustral en la que pude entrar. El coro bajo lo separa del alto una colosal cubierta de fuerte vigas de madera. Allí se encuentra un esplendido santo Domingo de mirada arrobada, también de Jerónimo Hernández.
Miguel Ángel se había tenido que marchar, así que continué ese paseo con la abadesa, sor Adela. Tuve la misma impresión de hace un año, un rostro radiante de una mujer enamorada, al que sólo contemplarlo contagiaba la alegría. Era evidente que su pasión no sufría el tiempo, ésta no se marchitaba sino que arrraiga más y más.
La conversación con ella fue intensa. Hablamos sobre la contemplación, sobre la vocación y, sobre todo. de Cristo; me comentó como un día, sorpresivamente, sintió una voz del corazón que cambió todos sus planes y de la que tuvo la certeza de no poder resistir, hablamos de que todas las vocaciones proceden actualmente de África, de que el ruido de nuestra sociedad oculta a Cristo; me narró la historia de Paco, la de un drogadicto donde la esperanza iba ganando al miedo; me afirmó la alegría y el regalo que es Cristo. Gestos, silencios y palabras sonaban en ella a plenos, llenos, alejados de la vacuidad de los que vivimos extramuros.
Nuestra sociedad no comprende la vida contemplativa y, sin embargo, hemos de colegir que sólo cuando contemplamos vivimos, sólo cuando sentimos la mano caliente de nuestro hijo lo acompañamos, solo cuando saboremos comemos, solo cuando miramos al otro lo vemos. Quietos o en movimiento, callados o hablando, solos o en compañía, solo cuando contemplamos, estamos. Por eso, sor Adela ha escogido la mejor parte (Lc 10,38-42) y su vida lo refleja. Por eso, mi cámara, de la nave penumbrosa sacaba luz, pues contemplaba el tiempo exacto que necesitaba su mirada.

Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es

La Piedad Rondanini de Miguel Ángel y la libertad

http://maratania.files.wordpress.com/2011/06/la-piedad-de-rondanini-de-miguel-c3a1ngel-buonarotti.jpgEl único afán de cada hombre debe ser la libertad. Si tus ideas o tu vida no te hacen libre, cambia de ideas o de vida. La celebración de Pentecostés es una invitación a aceptar la llamada de la libertad. En donde hay un hombre libre está el soplo creador de Dios. De la misma manera que metafóricamente expresa el texto de los Hechos de los Apóstoles, una lengua de fuego se posó en cada uno de ellos, la libertad pertenece a cada uno de nosotros, a ti mismo, a mi mismo, como persona independiente, como rey de mi propia vida, y nos recrea en un hombre nuevo.
La libertad no es tanto la capacidad de elegir entre varios caminos como el fruto de recorrer el camino de la verdad, por eso decimos que la Verdad nos hará libres. Y es sólo un camino porque si la verdad puede ser paradójica, nunca puede ser plural. De esta manera, aunque busquemos por infinitos caminos, sólo hay uno que llegue al puerto donde somos completamente libres.
La elección de ser libres nos lleva a la consecución del ser perfecto que llevamos dentro, en pasar de ser hombres a ser hijos del hombre. Esa perfección la podemos entender en la Piedad de Rondanini de Miguel Ángel.
Miguel Ángel decía algo así como que la estatua estaba dentro del mármol y sólo había que sacarla. La Rondanini fue su última obra y trabajó en ella hasta su muerte en 1564, cerca de cumplir 89 años. Es, por tanto, la obra que representa lo que había llegado a ser, ya sin la cáscara que le cubría.
Como en la propia vida, Miguel Ángel hubiera podido seguir cincelando la Piedad si la muerte no hubiese dejado como definitivo lo que aparentemente estaba inacabado. Hoy sabemos, que su última obra no necesitaba un golpe más.
En ella, la exquisita belleza formal de la Piedad del Vaticano la sustituyó una espiritual belleza interior conseguida a través de la mezcla entre lo “finito” y el “non finito (el non finito es una técnica iniciada por Donatello en que se deja sin esculpir parte de la obra). Es expresión de la vida con sus claros y oscuros, con los caminos hollados y abandonados, con lo vivido y dejado por vivir. Es el cuerpo que muestra el espíritu. Es la perfección de lo aparentemente imperfecto.
Cristo y la Virgen se nos presentan unidos y, a su vez, en un equilibrio inestable, como si el cuerpo de Cristo se le resbalase. Como el Amor, que por un lado es unión con el otro y, a su vez, sumo desprendimiento. Ambos, aparecen de pie, con la madre en un sufrido esfuerzo por sostenerlo, metáfora del amor y de su compañero el sufrimiento.
Vemos en su Piedad, como la completa libertad creadora de Miguel Ángel le llevó a abrir nuevas fronteras, a descubrir nuevas formas de expresión, a ampliar los límites del arte. De igual modo, la libertad del enamorado de Cristo le lleva a una vida nueva y verdadera.

Miguel Ángel esculpió en un inicio el cuerpo de Cristo más adelante y separado de la Virgen. Finalmente, cambió de idea, quedando de esta primera versión un brazo unido a la roca. Es el arrepentimiento más famoso de la historia del Arte. Y ese brazo quedó así, formando parte del todo. Y es que, en el verdadero arte, en la vida vivida en verdad, vivida libre, todo queda integrado, todo comprendido, todo renovado en una realidad que se hace nueva, que se hace infinita, que nos muestra lo uno y lo múltiple, que explica lo que ha sido, lo que es y lo que será, que te deja aquí y te lleva a todas partes, que te hace a ti y te hace otro, que te revela tu yo, que te revela al otro, dejando colmados todos lo anhelos, todos los anhelos de la libertad, que son sólo uno, que son sólo anhelo de lo perfecto, anhelo de trascendencia, anhelo de Dios.
Extraído de la Bitácora de Maratania

La Piedad Rondanini de Miguel Ángel – A propósito de Pentecostés, la libertad y la perfección



Shahbaz Bhatti y el tiempo del perdón

http://maratania.files.wordpress.com/2011/04/shahbaz-bhatti.jpg“Rezad por mí y por mi vida. Soy un hombre que ha quemado sus barcos, no puedo y no quiero retroceder: voy a luchar contra el extremismo y defenderé a los cristianos hasta la muerte”
Se llamaba Shahbaz Bhatti, una lluvia de tiros lo mataron. Lo mataron unos hombres piadosos. Él lo sabía. Era el ministro para las minorías religiosas de Pakistán y había recibido numerosas amenazas de muerte por su intento de derogar la ley sobre la blasfemia, que condena a muerte a quien insulte el Islam o al profeta Mahoma. Era uno de estos raros políticos que consideran que el poder no es para dominar sino para servir; y eligió servir a los débiles y, entre ellos, a la más débil: una mujer, una madre, una prisionera, católica como él, Asia Bibi, condenada a muerte por esa ley.
Sí, él sabía que lo iban a matar y, el 2 de marzo de 2011, ocurrió. Sí, él lo sabía y, por eso, dejó un mensaje para después de su muerte: “Sólo busco un sitio a los pies de Jesús… me consideraría un privilegiado si (por ayudar a los necesitados, los pobres y los cristianos perseguidos de Pakistán) Jesús quiere aceptar el sacrificio de mi vida.”
Sin duda, Caín era un hombre piadoso, de esos que creen que Dios le debe algo por ello. Pero ya sabéis que, entre Caín y Abel, las cosas no fueron bien. Caín atacó a su hermano Abel y lo mató. Su vida futura sería el exilio; y él, que se había hecho señor de la vida de su hermano, temía por la suya:
“Mi culpa es grave y me abruma. Si hoy me haces extranjero en esta tierra, tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo; el que tropiece conmigo me matará.
El Señor le dijo: El que mate a Caín lo pagará siete veces.
Y el Señor marcó a Caín, para que, si alguien tropezaba con él, no lo matara.”
Caín no busca el perdón, vive en una angustia que le abruma y ve, en los demás, asesinos como él que no respetarán su vida. Sin embargo, Dios no sólo no ejecuta al asesino de Abel sino que, tras mostrarle que sin Él sólo se vive como un ser errante, le brinda su protección. ¡Qué idea de Dios tan sorprendente la que tenía este escritor de hace más de 2.500 años! No es de extrañar que la asociación contra la pena de muerte vinculada al Partido Radical italiano se llame “Nadie Toque a Caín”.
El autor del Génesis imaginó un mundo perfecto en sus inicios, sin violencia, un mundo en el que, incluso, todos eran vegetarianos:
“Yo les doy todas las plantas que producen semilla sobre la tierra, y todos los árboles que dan frutos con semilla: ellos les servirán de alimento. Y a todas la fieras de la tierra, a todos los pájaros del cielo y a todos los vivientes que se arrastran por el suelo, les doy como alimento el pasto verde”.
Sin embargo, ese mundo idílico se había roto. Entre los descendientes de Caín está un malvado llamado Lamec. Esta es su justicia:
“Yo maté a un hombre por una herida, y a un muchacho por una contusión. Porque Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete”.
Su justicia es una cruel venganza. Aquí resume el Génesis el punto más bajo de la humanidad.
Siglos después, un hombre joven recorrió los campos de Israel proponiendo el perdón como el centro de su doctrina: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces? Jesús le respondió: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18, 21-22). A Él también lo mataron unos hobres piadosos. Sí, Él lo sabía. Y, en su muerte, tal como lo narra Lucas, también estaría el perdón en el centro:
Lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen… Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: ¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino. Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.”
Sí, él ofrecía un perdón gratuito y perdonaba a todos porque no sabían lo que hacían. Cómo no perdonar al que camina a ciegas y derrumba todo lo que con él se tropieza porque sin Luz sólo se puede caminar errante.
Paul Bhatti, el hermano de Shabazz, ha dicho: “No he dudado en perdonar a los asesinos… para un cristiano, es un paso necesario para combatir el odio”.

Juan Pablo Navarro
maratania@maratania.es

Terremotos, maremotos, guerra y Dios

James Joyce decía en su Ulises que hemos venido a aprehender los signos de las cosas. Terremotos, maremotos, guerra, horror, dolor y muerte nos interrogan: ¿Tienen estos algún significado? ¿No son un sinsentido? ¿No son suficientes razones para negar a Dios? 

Es una esperanza que, en estos tiempos de descreimiento, el Dios Amor que nos mostró Jesús sea la única idea admisible para agnósticos y ateos: un dios bueno, enemigo del mal. Esto es una bendición, ya que los incrédulos que atisban la bondad del Dios cristiano, se acercan, aunque la luz todavía sea tenue, al camino que conduce a Él.

Aunque tristemente, aunque ya nadie cree en un dios malvado como Baal, paradójicamente lo adoramos en los becerros de oro que hacen esclavo al Hombre y lo sacrifica en sus altares. En realidad, cuando no confiamos en Dios, abrimos la puerta para que en nuestro corazón habiten los ídolos. Como decía Cristo: «de lo que está lleno el corazón habla la boca».

Para los cristianos, Jesús es Dios hecho Hombre. Como nosotros, compartió el sufrimiento, el mal y la muerte. Y ésta fue trágica: abandonado por sus discípulos, desacreditado, vencido, torturado. Con la única compañía de algunas mujeres, y del discípulo amado, su madre lloraba a un hijo que ante sus ojos moría en una cruz. Aunque en María, habitaba la esperanza.

Los cristianos no creemos que Jesús acabó fracasando ante la muerte. Sabemos que Él nos enseñó que Dios está con el que sufre, que, con cada hombre que acompaña al sufriente, es Dios mismo el que se acerca. Porque afirmamos que el Mal no tiene la última palabra y que el perdón nos redime. Y porque sabemos que la muerte no es el final, que la gracia puede hacer que un hombre nuevo nazca cada día, siguiendo a Jesús iluminados por el Espíritu Santo, y que, más allá de nuestra vida terrenal, alcanzaremos, por su misericordia, mirar cara a cara al propio Dios.

Sí, es cierto, el sufrimiento, el mal y la muerte deben sernos una revelación que aprehender para construir nuestra vida;  no una estéril pregunta sin fruto.

Contemplar el mal armados de Cristo es la manera de enfrentarse a su sentido. Y aunque la duda nos haga andar con pies de plomo, cada vez que esta revelación nos alcance, sabremos que sí, que realmente vivimos y sabremos dónde vamos y a Quién vamos. Es ese el afán de cada día.

A cada día su afán, Óscar Wilde y la casualidad (III)

Óscar WildeEstaba la semana pasada preocupado por esas cuentas que no salen. Por las expectativas de ingresos y gastos para este año que mucha imaginación y trabajo tendré que echarle para poder cuadrar. Uno de esos momentos en que miramos con nuestra imaginación el futuro inabarcable con desconfianza y desasosiego. Cuando nos sentimos vulnerables y no sabemos andar sobre el mar, y el miedo nos hace hijos del agobio.
Y, ¡oh casualidad?, el domingo escuché uno de mis textos más queridos, esas hermosas palabras que Mateo pone en boca de Cristo: “No os inquietéis por vuestra vida, pensando qué váis a comer, ni por vuestro cuerpo, pensando con qué se van a vestir… Mirad los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valéis más que ellos? ¿Quién de vosotros, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué os inquietáis por el vestido? Mirad los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo os aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por vosotros, hombres de poca fe! No os inquietéis entonces, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?… El Padre que está en el cielo sabe bien que que lo necesitáis. Buscad primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. No os inquietéis por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su agobio.”
Oscar Wilde lo comenta como nadie en “De Profundis”: Cristo fue la primera persona que dijo a los hombre que debían vivir como las flores. Él fijó la frase... Dijo que no había que tomar demasiado en serio los intereses materiales, comunes; que ser impráctico es una gran cosa. Los pájaros no lo hacen ¿por qué ha de hacerlo el hombre?. Cristo trató el éxito mundano como cosa absolutamente despreciable… Miraba las riquezas como un estorbo para el hombre… Señalaba que las formas y las ceremonias se habían hecho para el hombre, no el hombre para las formas y ceremonias… Las filantropías frías, las caridades públicas ostentosas, los pesados formalismos… los denunció con desdén total e implacable… El predicó la enorme importancia de vivir completamente para el momento. Lo único que Cristo nos dice a modo de pequeña advertencia es que todo momento debe ser hermoso, que el alma debe estar siempre dispuesta para la venida del Novio, siempre esperando la voz del Amante…” ¿Qué puedo añadir a esto?. Quizá sólo recordar que entonces Wilde había perdido su fama, sus riquezas, su amante, su mujer, sus hijos, su salud, vivía prisionero en la cárcel de Reading y sólo le quedaba la “absoluta humildad”.
Hoy sigo agobiado con el mañana, sigo temiendo los caminos que se bifurcan; y es que el mismo Wilde lo advertía: “Cuando digo que estoy convencido de estas cosas hablo con demasiado orgullo… Se puede captar una cosa en un momento único, pero se la pierde en las largas horas que le siguen con pies de plomo… Es en la Eternidad donde pensamos, pero nos movemos despacio en el Tiempo.” Así que pienso en Aquel que no tenía ni dónde reclinar su cabeza y en el poeta doliente en la cárcel de Reading y me digo, sí, hoy, sólo hoy, me ocuparé de los afanes de este día.

El tiempo de las bendiciones

Las tentaciones de Gustavo DoréEl cristianismo vive durante 40 días la cuaresma, el tiempo de las bendiciones, el tiempo del perdón que culmina con Cristo en la cruz y con Cristo resucitado. En el camino que propone la cuaresma, ayer domingo, cientos de millones de personas reflexionaron sobre las tentaciones de Cristo (Mt 4, 1-11). Entre estas, aviso para despistados, no aparece ninguna Magdalena desfigurada de un superficial vendedor de best-sellers. No, Mateo nos sorprende con la profundidad con la que la comunidad cristiana, 50 años después de la muerte de Cristo, había reflexionado sobre Él, sobre el Mal, sobre las tentaciones que viviría la Iglesia y sobre cómo la juzgaría el Mundo.
Mateo nos presenta la escena con Cristo en el desierto, hambriento tras 40 días de ayuno. El diablo se acerca a Él y le tienta en tres ocasiones. Básicamente, ¿cuáles son?: la primera es por qué no nos da a todos el alimento necesario para liberarnos del hambre; la segunda, por qué no nos demuestra la existencia de Dios y nos libra de la incertidumbre; la tercera, por qué no domina el mundo e impera sobre él. Muchos se preguntarán cómo Mateo puede considerar que estas sean tentaciones, ¿no es justo dar alimento a todos, probar la existencia de Dios, emplearse del poder para alcanzar un mundo justo? Pues sí, las son y a todas Cristo respondió un claro no. El Mal, cuando quiere embaucar al que busca el bien, siempre se presenta bajo la apariencia de lo mejor, de lo moral, de lo correcto, de lo real y constatable en donde Dios nos parece ilusorio e innecesario; sólo aparece bajo su realidad sucia y burda al que ya es esclavo de su poder.
Repasémoslas. Como decíamos, Cristo está hambriento en el desierto, en el lugar donde todo lo necesitamos, y se acerca el diablo y le dice “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes” y le responde: «está escrito: El hombre no vive solamente de pan,sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Puedo imaginarme una sociedad perfecta, donde se nos procure pan, salud y trabajo para todos, todo lo necesario y lo útil. Pued0 imaginármela fría como el hielo. La propuesta de Cristo es diferente. El no niega el pan necesario, en la multiplicación de los panes veremos como da de comer a la multitud. Los momentos son diferentes, el primero, un sucedáneo de pan olvidados de Dios, el segundo, hombres que buscan a Dios, que oran a Él y que comparten fraternalmente. Es más, Cristo nos regalará otro pan, si en la tentación eran piedras convertidas en panes, en el segundo será pan convertido en Él mismo, en el propio Cristo, el pan que alimenta para siempre de la Eucaristía. Y es en ella, donde encontaremos la fuerza para dar pan al que no lo tiene.
La segunda tentación cambia de escenario, en lo más alto del Templo de Jerusalén. Se nos presenta al diablo como un teólogo conocedor de las Escrituras: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra. Jesús le respondió: También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». La tentación recuerda a la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro que cuenta Lucas en la que aquel, ya muerto, pide a Abraham que alguno de los muertos se presenten a sus hermanos, también ricos, para que se arrepientan y Abraham le responde: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”. Cristo no nos ofreció una realidad más evidente que la que esta posee, no dio más prueba que su propia vida culminada en lo alto del templo del cruz, donde abandonado, fracasado y moribundo volvió a escuchar la misma tentación: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo”, pero de su boca sólo salieron palabras de perdón. Y cuando llegó su hora definitiva, “el sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró”. Sí, la única prueba es seguirle encomendados al Padre y vivir la experiencia de su yugo suave, de su carga ligera, aunque el camino te lleve a la cruz.
En la tercera, en una montaña muy alta, el diablo “le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: Te daré todo esto, si te postras para adorarme. Jesús le respondió: Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto». Es la gran tentación, usar nuestro poder dominador para salvar al mundo, cuántas veces habremos caído en ésta, cuántas veces hemos puesto la fe al servicio del poder y como consecuencia la fe se ha retraído. Y sin embargo, Cristo nos propone el camino inverso, no afirmarnos en nuestro poder sino negarnos, no el dominio sino el el servicio, el poder débil del Dios que se puede falsear, que se puede apresar, que se puede matar, pues sólo tiene la fuerza del amor, la fuerza del perdón en el que el perdonado y el que perdona se reconocen como hijos de Dios y se encuentran.
Cuando los cristianos damos pan sin Dios, erramos, cuando predicamos un dios agradable al mundo y que niega al hombre, idolatramos, cuando usamos el poder dominador para traer el Reino de Dios, es más, cuando ofrecemos el cristianismo como medio para conseguir el paraíso material aquí en la tierra, engañamos. Cristo lo que nos trajo fue a Dios y con su muerte, el Reino de Dios es ya, aquí, ahora, el tiempo de las bendiciones ya está aquí: el reino del que confía y se libera del miedo, el reino de la esperanza contra toda esperanza que nos permite caminar alegres sin tregua, del amor que nos lleva al perdón.
Y así, aunque el Mundo nos derrotara, nos abandonara o nos matara como a Cristo en la Cruz, el Mundo no tendría la última palabra porque entonces Dios daría órdenes a sus ángeles, y ellos nos llevarían en sus manos para que no tropezáramos con ninguna piedra y alcanzáramos la nueva vida porque, en el fracaso de la cruz, Cristo ya triunfó y nos regaló, ya para siempre, la vida eterna y allí conocer a Dios.

¿Es posible Dios existiendo el sufrimiento, el mal y la muerte?

Una de las causas que mueven más al descreimiento es el dolor del Mundo. El que alega esta causa tiene la imagen de un Dios bueno, enemigo del mal. ¿No es éste el Dios de Jesús?
Para los cristianos, Jesús es Dios hecho Hombre. Como nosotros compartió el sufrimiento, el mal y la muerte. Y ésta fue trágica, solo, abandonado por sus discípulos, desacreditado, vencido, torturado, con la única compañía de algunas mujeres, del discípulo amado y de su madre, que a los pies de la cruz lloraba un hijo que ante sus ojos moría en la cruz.
Pero los cristianos no creemos que Jesús acabó fracasando ante la muerte. Porque sabemos que Él nos enseñó que Dios está con el que sufre, que con cada hombre que acompaña al sufriente es Dios mismo el que se acerca. Porque sabemos que el Mal no tiene la última palabra y que el perdón nos redime. Y porque sabemos que la muerte no es el final, que la resurrección la alcanzamos ya hoy siguiendo a Jesús y más allá de nuestra vida terrenal cuando miremos cara a cara al propio Dios.
Como diría Óscar Wilde, el sufrimiento no es un misterio, es una revelación. El contemplar a Cristo y seguirle es la única manera de transformar el sufrimiento, el mal y la muerte en Luz.

Juan Pablo Navarro 
maratania@maratania.es